LA MUERTE EN LOS MARES DEL SUR

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

26 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Estos días del otoño, mientras paseo con Laura por el Retiro, veo como han estado vaciando el estanque para acometer importantes obras de rehabilitación. Ayer estaba ya completamente vacío y nos acercamos a curiosear los tesoros que se acumulaban en el fondo de aquellas aguas grises: sillas, papeleras, bancos, vallas metálicas, barcas, piraguas, radios, teléfonos, mesas, motos, contenedores de basura, cochecitos de niños, bicicletas y, lo más sorprendente, una amplia colección de diversos estilos de urnas funerarias selladas, conteniendo aún las cenizas de los difuntos. «No hay cosa más grotesca que una viuda con su finado bajo el brazo, o una urna encima de un aparador del comedor, en la mesilla de noche o en la cocina. Y, qué decir cuando se dedican a contaminar la atmósfera. ¡Mejor seguir la tradición de nuestros ancestros!», me dice Eduardo Arroyo cuando le narro mi visión dantesca. A Woody Allen le escuché decir en uno de sus filmes una de esas frases geniales que, en realidad, era de Kafka: «La eternidad es larga, sobre todo, hacia el final». Blanchot en La comunidad inconfesable, afirma que si la comunidad es revelada mediante la muerte del prójimo, es porque la muerte misma es la verdadera comunidad de seres mortales: «su comunión imposible». Siempre pensé que en los mares del sur, en nuestras antípodas, se moría a la manera de Marlon Brando en La rebelión de la «Bounty» (Rebelión a bordo): en una playa, bajo la luz lunar y en brazos de una muchacha que derrama lágrimas de bálsamo sobre el cuerpo maltrecho. Luego, la materia se esfumaba por entre los atolones. Pero Stevenson cuenta una realidad antropológica muy distinta. El cementerio de Pomotuano, situado junto al mar, tenía el suelo cubierto de trozos de coral, a modo de gravilla, cruces de madera y unas pocas piedras pequeñas indicando las tumbas. El muro medía la altura de un hombre. El oficiante echaba un puñado de coral sobre el féretro, «polvo sobre polvo; sin embargo los gramos de este polvo eran gruesos como cerezas». Stevenson en Los mares del sur, describe otros camposantos de negras piedras volcánicas y habla de los vehinehae: los hambrientos espíritus caníbales. Proseguían con la costumbre de devorar a los vivos. Formaban para atacar una especie de neblina y envolvían en un vértigo a la víctima. «Los vivos y los muertos deben trabajar para encontrar su sustento, y como la raza fue caníbal en el pasado, los espíritus siguen siéndolo». Los vehinehae tenían pasión por los ojos de los caminantes. Era lo primero que les arrancaban. Los saboreaban como si fueran una sabrosa golosina. «El coral crece, la palmera brota, pero el hombre se va», dice el verso de una canción. En Samoa, sólo los espíritus de los muertos privados de sepultura sembraban el terror. Pero no todos los espíritus de los que nos habla Stevenson eran malvados y violentos. Uno tuvo compasión de un niño: «No puedo llevar a vuestro hijo porque estoy muerto, y las hogueras que veis arden por mi funeral». De haberlo transportado, el infante no lo hubiera contado. Olor celestial Entre tantas historias hay una conmovedora. El espíritu de la esposa seguía visitando por la noche a su marido. Él lo supo por el olor celestial con que se inundaba la estancia. Confesó que la veía caminar elevada algunos centímetros del suelo, con paso rápido, atravesando el río sin mojarse. Siempre aparecía de espaldas, y los cuñados, al discutir este detalle, llegaron a la conclusión de que lo hacía «para disimular las primeras señales de la descomposición». Schopenhauer dijo que el sonambulismo -quizás el de los vivos y el de los muertos- era la luz lunar del espíritu humano.