VENTURA PÉREZ MARIÑO
29 oct 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Entre las muchas calamidades que los atentados del pasado 11-S han supuesto y suponen, emerge alguna satisfacción. Para nosotros sin duda ésta es la consideración internacional de la maldad de ETA. De la misma forma que en nuestro país ocurría con el IRA, al que se le juzgaba con una suerte de ambigüedad fruto de la propia complejidad del problema o de los excesos del poder, (recuérdese el tratamiento de Margaret Thatcher con las huelgas de hambre o en los fusilamientos de militantes del IRA en Gibraltar), ocurre con ETA en el extranjero o en algunos medios de comunicación, donde a veces aparece con una especie de aureola romántica al hablar de ellos: que si luchadores por la independencia, que si antiguos antifranquistas, o víctimas de la brutalidad del poder. Pues bien, en el tiempo transcurrido desde los atentados de septiembre, se ha impuesto la tesis de que no hay diferencia en el terrorismo -no hay terrorista bueno-, y sea cual sea, es en esencia pernicioso, peligroso y asesino. ETA ha salido tocada, y se ha conseguido en estos días más comprensión exterior y acuerdos con Francia que en la última década. Con el viento soplando de popa, el Gobierno ha pensado en un primer momento que era la hora de atacar el brazo político -evidente- de ETA, la actual Batasuna, y para ello pretendió que se la incluyese en el listado internacional de organizaciones paraterroristas. Craso error, en mi opinión. Si se afirma desde el poder -que no es una tertulia- que Batasuna es el brazo político de ETA, la obligación inmediata de las autoridades no puede ser otra que intentar la inmediata ilegalización de la formación, solicitándolo así a la Justicia. La cuestión ni es nueva ni es tan simple como parece, y antes de tomar cualquier decisión debe meditarse. Hasta ahora los diferentes gobiernos han pensado que, por afrentosa que parezca, es mejor la existencia de una formación política, que -se quiera o no- está respaldada en el peor resultado electoral por 150.000 personas, que desterrarla a la ilegalidad. No podemos obviar que poner fuera de la Ley a cientos o miles de personas, o convertirlas en mártires por la libertad de asociación conlleva un sinnúmero de problemas y apertura de escenarios desconocidos. Pero en cualquier caso no es en el extranjero donde se la debe ilegalizar. Es aquí, y no puede ser de otra forma, donde, en su caso, debe producirse. Empezar la casa por el tejado podría llevarnos al absurdo de ser considerada Batasuna, legalmente, terrorista fuera y legal en España. El clima antiterrorista que se ha producido es en general muy positivo, pero en cada supuesto debe emplearse la medicina que se crea conveniente. No hay bálsamo de fierabrás a la medida de todos.