CÉSAR ANTONIO MOLINA
01 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.He pensado muchas veces como una persona tan buena y generosa, tan falta de presunción y egolatría como Mariano Tudela, pudo sobrevivir en la selva madrileña. Jamás hablaba de sí mismo ni de su obra literaria. Era de tal discreción que, después de tantos años de amistad, nunca supe las muchas duras labores llevadas a cabo por él y su esposa -la también coruñesa, Chon González Deus- para salir adelante. Mariano jamás se quejaba, jamás hablaba mal de nadie, su ironía perpetua y su buen humor eran positivos. Tenía una memoria bondadosa de todos aquellos artistas y escritores con quienes había convivido. Heredero del espíritu republicano y progresista de la revista Alfar, fue uno de los inspiradores y responsables de Atlántida. La generación de Mariano padeció la virulencia de la dictadura. Compañero de Aldecoa, Ferlosio, Martín Gaite, Ana María Matute, Carmen Laforet, Fernández Santos o del también coruñés Daniel Sueiro; se sentía más cercano de los viejos maestros como Baroja, Bergamín, Gómez de la Serna, Vicente Risco, Jardiel, Neville, Jarnés, Camba, Montes, Cunqueiro, Cansinos Assens, Ruano, DïOrs o Wenceslao Fernández Flórez a quienes trató. A Mariano le gustaba la bohemia literaria y el divino fracaso. Era un diccionario abierto de autores y obras raras. Disfrutaba disertando sobre el olvido y sus sacerdotes. Sobre aquellos autores a quienes la fama les fuera esquiva pero que, sin embargo, albergaban en algún libro, en algún capítulo, en alguna página, en algún poema, un destello genial que él en vano trataba de rescatar. A Mariano Tudela -tanto en Galicia como en Madrid- le encantaba pasear por las calles y recrearse melancólicamente en los lugares ya desaparecidos o cambiados por el tiempo, allí donde había estado un café literario, una librería, la redacción de un periódico o la casa de un escritor frecuentada en otras épocas. Mariano era un personaje de la quimera del oro literaria. Encontraba grandes vetas, grandes filones no sólo en la literatura, sino también en otros despreciados géneros como los periodísticos: aquel artículo de Ramón o Wenceslao, aquella viñeta o caricatura de Cebreiro, aquel pie de foto de Cunqueiro, aquella necrológica que Cansinos coló anónimamente en un periódico para recordar a algún ultraísta naufragado. A Mariano le agradaba la pintura de Solana y de Lugrís, dos mundos antagónicos pero que en él tenían mucho sentido. La rudeza expresionista y cruel del primero, fiel reflejo de la España negra; y la imaginación desbordante y optimista del segundo. En Lugrís y en tantos otros compañeros de derrota, tuvo Mariano buenos argumentos para una gran novela crepuscular. Destellos de ese proyecto los dejó en páginas enjundiosas de algunas de sus novelas y del más de medio centenar de biografías. Mariano me presentó a Cela, a Fernando Rey, a Bergamín, a Gregorio Prieto, a los hermanos Mallo: Maruja y Cristino, a Laxeiro y a tantos otros que pasaban por ese despacho que tenía montado en el café del paseo de Recoletos. Todos lo respetaban y querían sabedores de que jamás saquearía su amistad. A Mariano Tudela lo vi por última vez, en A Coruña, este pasado verano. Visitamos juntos la casa de Wenceslao en Cecebre. No pudo subir los pisos ni acercarse hasta la fraga. De vuelta a Madrid me sucedió una cosa curiosa. Informado de que la galería de subastas El remate ponía en venta un montón de objetos personales de Wenceslao, me acerqué a revisarlos. Allí estaba la pluma, los carnets de identidad y pasaportes, ropas, cartas, manuscritos de juventud sin mucho interés pero inéditos, fotografías a él dedicadas como una preciosa de Doña Emilia, libros: de su biblioteca y a él dedicados como la primera edición de Viaje a la Alcarria de Cela, fotos inéditas con Franco. En fin toda una serie de derrelictos en cruel almoneda pública. Lo llamé para contárselo. Apenas podía ya hablar y, sin embargo, llegó a susurrarme: «Así acaba todo». Los antiguos decían que no había que elogiar a ningún hombre antes de que hubiera muerto. Incluso esto, le resultaría molesto a nuestro escritor y amigo.