BRASSENS-MALRAUX

La Voz

OPINIÓN

RAMÓN CHAO

07 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Estamos de aniversarios en Francia. Siempre buscan números redondos. Meses atrás se celebró el décimoquinto de la muerte ansiada de Borges. Recuerdo ecuménico, universal. Quería morir cuanto antes y sin sufrimiento: lo logró. Pero en realidad Borges era un profeta. ¿No escribió lo siguiente en Otro poema de los dones?: «Gracias quiero dar al divino / laberinto de los efectos y de las causas / por la diversidad de las criaturas / que forman este singular universo / Por aquel sueño del Islam que abarcó / mil noches y una noche. / Por aquel otro sueño del infierno / de la torre del fuego que purifica / Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan». Ahora abordamos el año vigésimo de la desaparición de Georges Brassens y el trigésimo de la de André Malraux. Artículos, libros, homenajes, reediciones. Pasada la emoción del primer momento, en que todo finado es bueno, los honores que se les rinden al cabo del tiempo sirven para desatar críticas que nos desacomplejan ante unos modelos que nos presentaban llenos de perfección. A veces los iconoclastas son feroces. A Brassens le reprochan su incoherencia: el chantre de la amistad (Primero los amigos, predica en una canción) dejó para siempre a un compañero en un campo de trabajo nazi. Lo había elegido de rehén para salir él de vacaciones y su amigo lo haría a su retorno. El sistema era demoníaco, pero Brassens no volvió y del otro nunca más se supo. Otras cosas le achacan a Brassens, como haberse guardado una dosis de penicilina cuando escaseaba, que estaba destinada a una amiga prostituta. O su desinterés por la guerra de Vietnam, por Mayo del 68, y por observar un silencio imperdonable cuando las torturas del ejército francés en Argelia. Lo de Malraux es distinto. Igual que los anteriores, existen liceos con su nombre y se estudian sus textos en los colegios. Pero él ha sabido hacer una obra de arte picaresca. No fue un buen escritor: sus textos están cubiertos por una sintaxis nebulosa; no combatió en la guerra de España: dicen sus detractores que se limitó a disfrazarse de aviador y a fotografiarse al pie de un aeroplano. Se sabe que sus excursiones asiáticas colmaron con la apropiación indebida de estatuillas y objetos de arte camboyanos. Estas andanzas le permitieron escribir L''Espoir y La Condición humana, dos obras capitales del siglo XX, que una cosa es la realidad histórica y otra la literaria. En Francia desplegó su arte oratoria en grandes oraciones fúnebres de gran espectáculo, pero no lo aprovechó en la muerte de André Gide, Camus o Picasso. Y es que somos humanos. Sin duda todos hemos hecho canalladas semejantes a las de estos dos prohombres, pero las oculta nuestra imperfección. Sin ir más lejos, nadie sabe que cuando a los veinte años llegué a París con una promesa del entonces Comisario de Educación Popular, le quitaron la beca a un estudiante del Colegio de España para dármela a mí. Guardo como una reliquia de otros tiempos abusivos la carta en la cual me lo anunció el futuro ministro. El otro, el becario meritorio, hubo de regresar al franquismo, y yo seguí cometiendo fechorías. De modo que ahora comprendo las debilidades humanas y soy muy tolerante. Uno no sabe qué hacer para pasar a la posteridad. Todas las vilezas que hizo de poco le sirvieron. Pero se aproxima el cincuentenario de la muerte de la Bella Otero, y ahí sí que algo habré de inventar.