ENRIQUE CURIEL
06 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.¿Recuerdan la Comisión Mitchell? Parece que hubieran transcurrido varios años desde el día en que el ex-senador George Mitchell hizo público su informe sobre la intifada y el proceso de paz en Palestina. Sin embargo, fue el 21 de mayo de 2001 cuando conocimos sus propuestas, que fueron aceptadas por Estados Unidos, la Unión Europea y la ONU. Solamente han transcurrido siete meses. Y su desvanecimiento en la noche de los tiempos constituye la mejor expresión de la impotencia y el fracaso colectivo ante el muro formado por la guerra de Sharon y el terror de los activistas de Hamas y la Yihad Islámica. Pero no todos tienen el mismo nivel de responsabilidad en la situación actual. El documento de Mitchell determinaba que la visita que había realizado el 28 de septiembre de 2000 Ariel Sharon a la explanada de Al Aqsa, lugar sagrado para los árabes, «fue la causa directa» de la espiral de violencia. No le gustarían mucho esas palabras al hoy primer ministro de Israel. Lo cierto es que no existió ninguna posibilidad de negociar su aplicación. Y el 11 de septiembre cambió todo. Sharon, tras su reciente viaje a Washington, repetía exactamente las palabras de Bush al anunciar una «guerra larga contra el terrorismo». Convirtió a Arafat en su Bin Laden y a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), en una organización terrorista. Pero estas consideraciones no nos conducen a ninguna parte. Lo único cierto es que hoy nos encontramos todos envueltos en una crisis lacerante, que se puede extender a otros países de la región sin que aparezca nadie con capacidad suficiente para quebrar el círculo vicioso. Arafat es el más interesado. Está situado entre la espada de los cazabombarderos F-16, que arrasaron Gaza, y la pared de Hamas y la Yihad que se apoyan en la desesparación creciente de los palestinos expulsados de su tierra, en los asesinatos preventivos, en la pobreza y la ausencia de futuro. Las asimetrías son clamorosas. No estamos ante una guerra entre dos pueblos, dos estados y dos ejércitos. Se trata de un Estado que dispone de uno de los ejércitos más poderosos y modernos del mundo, que no ha cumplido ninguna de las resoluciones de Naciones Unidas desde 1948, enfrentado a un pueblo cuyos jóvenes han nacido en los campos de refugiados. La pregunta es: ¿quién posee la suficiente autoritas para intervenir? Europa quiere pero no puede. Estados Unidos puede pero no sabemos si quiere. Y la ONU es inútil que lo intente. Es más, ya no sabemos si Sharon hace lo que dice Bush, o al contrario. Egipto y Jordania, países árabes moderados, han advertido sobre la extensión del conflicto si Yaser Arafat es asesinado. Y para culminar el despropósito, es segura la decisión de Washington de atacar Irak tras la campaña de Afganistán.