GOBIERNO DE MUERTE

La Voz

OPINIÓN

RAMÓN CHAO

01 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Ariel Sharon puede dormir tranquilo, por lo menos en lo que se refiere al frente interno de su combate. El partido laborista, aliado táctico de su derecha en el poder y rival virtual, se halla en tal estado de debiblidad que se excluye su abandono del Gobierno de unión nacional. Sobre todo ahora que los laboristas acaban de elegir un secretario general más belicoso que el mismísimo Sharon. Benjamin Ben Eliezer, mininistro de Defensa, nuevo líder de la izquierda israelí merece ampliamente el sobrenombre de halcón. Más impulsivo, con menos experiencia y sin ningún cuidado por su imagen, a menudo se muestra mucho más radical que el primer ministro. Sin problemas morales llevó a cabo la lucha contra la intifada y desde hace tiempo aconseja a Sharon, por si acaso éste no quisiera convencerse, que el papel histórico de Arafat ha concluido y es inútil negociar con él. Al iniciarse la intifada, cuando era ministro de Alojamiento del Gobierno de Eud Barak, propuso que Israel repondiese a los lanzamientos de piedras con bombas en el corazón de las ciudades palestinas, a lo que se opuso el gobierno laborista de entonces. Desde que está al frente del Ministerio de Defensa multiplicó las incursiones del ejército en la zona autónoma palestina e intensificó una política de liquidación de los adversarios sospechosos de terrorismo, incluso cuando se trataba de dirigentes políticos implicados indirectamente en la lucha armada. A Yaser Arafat lo tacha continuamente de irresponsable con el que no se puede negociar en serio. Cierto es que la elección de Eliezer se hizo en dura pugna con el representante de las palomas laboristas, Avraham Burg, cuyos partidarios decidieron abandonar el juego en vista de las marrullerías de Ben Eliezer y de Sharon para cerrarle el paso. Paradójicamente, Sharon es más popular que nunca. Cierto es que no mantuvo su promesa de aportar seguridad al país, pero cada ataque suicida palestino produce un reflejo de defensa y arrastra a la población a la derecha. El único rival que le pueda inquietar es el ex-ministro Benjamin Netanyahu, quien acusa a Sharon de débil y timorato, preconizando acciones mucho más violentas e irregulares. Tal como están hoy las cosas, los laboristas no pueden, aparte de que muchos de ellos no quieran, abandonar la coalición gubernamental. Según las últimas encuestas, en caso de elecciones anticipadas obtendrían 20 diputados de los 120 con que cuenta el Parlamento, por 50 el Likud de Sharon y Netanyahu. Existen sin embargo voces discordantes en este concierto derechista, como la de Yossi Bellin, artífice de los acuerdos de Oslo y ex-ministro de Eud Barak. Según él, la estrategia de Ariel Sharon, destinada a destruir a la Autoridad Palestina, opera contra los propios intereses del pueblo de Israel, aislándolo de su entorno regional y cerrándole cualquier perspectiva que no sea una guerra interminable en la que nadie vencerá. Cree en la paz y en el diálogo con los palestinos. Según él, Sharon no desea llegar a un acuerdo, y Arafat le sirve de disculpa. Lo mismo diría de otro que ocupara su lugar. Piensa que se debe mantener a Yaser Arafat y suplica a su partido que abandone el Gobierno de Sharon. Si se piensa en el interés nacional de los israelíes se debe afianzar la figura de Arafat, negociar con él y darle el dinero que se le prometió, así como un horizonte político. Bellin piensa que esta política de guerra no es rentable para la propia derecha. La fiebre ultranacionalista no podrá borrar el inmeso deseo de normalidad de una población que aspira más al consumo que a proteger los privilegios de los colonos israelíes. Acabará descubriendo el abismo al que le lleva un gobierno definido así por Nurit Peled -hija del general Peled, una de las grandes figuras desaparecidas del campo de la paz- al recibir el premio Shakarof del Parlamento europeo: «Dylan Thomas escribió un poema titulado La muerte carece de gobierno. En Israel, la muerte tiene un gobierno. Allí gobierna la muerte y aquel gobierno es un gobierno de muerte».