MARÍA XOSÉ PORTEIRO
12 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Las mujeres argentinas se están movilizando para impedir que desaparezca el Consejo Nacional de la Mujer, organismo previsto por la Constitución de 1994 que lo concibió para hacer el seguimiento de la «Convención internacional sobre la eliminación de toda forma de discriminación contra la mujer» así como del impulso de la «Convención interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia». Desde 1999 dependía de la Jefatura de Gabinete, responsable de la administración general del país, con lo que logró el margen necesario para realizar acciones transversales con las diferentes áreas de gobierno. Mujeres representantes de partidos políticos, sindicatos y organizaciones sociales de Argentina están enviando cartas al nuevo gobierno de Eduardo Duhalde, en las que denuncian que «las mujeres de este país, sea cual sea su situación social, económica, religiosa o racial son discriminadas en el ejercicio pleno de sus derechos humanos» y afirman que «el modelo económico ha perjudicado significativamente a las mujeres dentro del contexto general de miseria». Son las mismas mujeres, dicen, «que salieron a la calle con sus cacerolas, las mismas que conforman el 51% de la población del país, las mismas que están relegadas del poder político y social y que para poder expresarse tuvieron que conseguir una ley específica. Esas mujeres somos nosotras, dirigentas políticas, sindicalistas, dirigentas sociales, pero también amas de casa, docentes, estudiantes, investigadoras... Mujeres que exigen que el poder no atropelle nuestras conquistas». En el mismo terreno, se sitúa la absurda decisión del nuevo presidente de designar a su esposa, Hilda González, por dos meses, como ministra de Política Social. Una medida que redunda en la misma visión paternalista y pacata de la realidad y que parece inspirada en el viejo cliché peronista de una Evita-mártir de los descamisados, con la caridad y la compasión, como elementos naturales de la condición femenina. Un enfoque, sin duda, menos molesto y nada comprometido con la defensa de la igualdad, de la solidaridad y de la justicia que descubre, sin tapujos, la ideología del nuevo régimen. El avance en la mejora de la situación de las mujeres en el mundo occidental es reciente y frágil. Las políticas sociales -incluso cuando están sustentadas por la Constitución- son las primeras en caer. Tomemos buena nota e insistamos en que el reconocimiento público de la necesidad de corregir la desigualdad social entre hombres y mujeres es un logro al que no podemos renunciar. Las crisis económicas y la miseria son el mejor caldo de cultivo para que prospere la injusticia. Sumémonos, por ello, a este reclamo de las mujeres argentinas. Mañana, ellas podemos ser nosotras.