BORRÓN Y CUENTA NUEVA

La Voz

OPINIÓN

YASHMINA SHAWKI

28 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Hace algunos días, durante la ronda de preguntas de una charla, un caballero de edad madura manifestó su sorpresa ante mi visión pesimista sobre la evolución futura del conflicto palestino-israelí y las pocas posibilidades que había de lograr la paz. Y tenía razón, el análisis de la situación no me permite ningún optimismo sobre una solución a corto plazo. Según los datos de la Agencia de las Naciones Unidas de Ayuda a los Refugiados Palestinos, existen más de 3,8 millones registrados, de los cuales, 1,1 millones viven repartidos en los 59 campamentos oficiales que esta organización tiene en la zona y en los países limítrofes; el resto reside en los alrededores de estos campamentos y en otras zonas protegidas. Los primeros refugiados palestinos datan de finales de 1948, ello quiere decir que los más veteranos llevan más de cincuenta años en el exilio y que más de cinco generaciones han nacido en los campamentos. La mayoría de los palestinos de los campamentos de refugiados no pueden conseguir un trabajo digno y estable que les permita ganarse la vida, ni obtener una vivienda en donde establecerse y formar una familia, ni garantizar que sus hijos cuando regresan del colegio no se encuentren atrapados en un fuego cruzado. Los jóvenes palestinos ven cómo pasan los días sin posibilidad de salir del círculo vicioso en el que se encuentran. Esta situación es el caldo de cultivo ideal para que, tras la pantalla de las organizaciones caritativas islámicas, los palestinos más radicales y fanáticos capten a nuevos adeptos. Aunque en los campamentos se garantiza el mínimo básico de subsistencia, surgen necesidades de otro tipo que la Agencia de las Naciones Unidas no puede atender. El agradecimiento, el carácter maleable de los niños y adolescentes, la permanente tensión creada por la violencia abonan el terreno para que cada vez sean más los jóvenes que se involucran en los actos terroristas como método de resistencia. El culto a los mártires no hace sino reforzar esta relación. Paralelamente, Yaser Arafat ha perdido peso político ante la evidencia de que todos los acuerdos de pacificación firmados se han quedado en papel mojado y de que no puede controlar a los diferentes grupos radicales. Además, la acusación de haber sido un terrorista toda su vida, esgrimida ahora por los israelíes, le imposibilita actuar como interlocutor en las negociaciones. Por su parte, Ariel Sharon, los ultraortodoxos y los radicales que le apoyan padecen un caso extremo de memoria selectiva. Cuando dicen que no negociarán con terroristas se olvidan de que, Israel, como estado, se constituyó gracias a la ayuda de los movimientos sionistas. Aplican además la ley del ojo por ojo en las represalias por los atentados, lo cual no hace sino exaltar más a los palestinos y reforzar a Hamas y a la Yihad Islámica. Con sus hechos, los israelíes están demostrando que no quieren negociar. Si la situación sigue degenerando, llegaremos a un callejón sin salida. Por muchos negociadores cualificados que visiten a los implicados no se logrará una solución si no se hace borrón y cuenta nueva, empezando por elegir a nuevos interlocutores en uno y otro lado.