Lo intuíamos. Lo sabíamos. Desde hace algunos meses existen planes para liquidar a Yaser Arafat, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Ahora, el primer ministro israelí, Ariel Sharon, lo reconoce en una entrevista que publica el diario israelí Maariv, en la que se lamenta de no haber eliminado al líder palestino en 1982, durante la guerra del Líbano. Es evidente que la tentación de asesinar a Arafat vuelve a estar presente en algunas de las mentes del Gobierno del Tel Aviv. ¿Qué ocurriría si Arafat es asesinado por un grupo disidente palestino? Es preferible no imaginar el escenario. Solamente la presión de Europa y la probable oposición de Colin Powell frenarán una locura semejante. En todo caso, el asesinato de Eli Hobeika constituye una prueba categórica de que Sharon está dispuesto a todo. Como es sabido, veinticuatro horas antes de morir, Hobeika informaba a un grupo de senadores belgas acerca de su disposición favorable para prestar testimonio en el procedimiento penal abierto en Bruselas sobre las matanzas de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila los días 15 y 17 de septiembre de 1982. Hobeika, era, en esa fecha, jefe de los servicios de inteligencia de las Fuerzas Libanesas (FL) y contó con la inestimable colaboración de Ariel Sharon para entrar en los campos, cuando el actual primer ministro ocupaba la cartera de Defensa. No parece descabellado suponer la responsabilidad de la larga mano del Mossad en el atentado que le costó la vida a Hobeika. Así están las cosas. Arafat, atrapado en su residencia de Ramallah, se limita a constatar la erosión de su liderazgo cogido en una tenaza letal. Por un lado, los atentados suicidas promovidos por Hamas y Yihad Islámica contra civiles israelíes, y, por otro lado, la rotunda negativa del Gobierno de Tel Aviv para restablecer algún tipo de negociación. El nuevo muro que pretende construir Sharon para dividir Jerusalén constituye el mejor símbolo de la situación. Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas, ha roto su largo silencio para poner de relieve la contradicción que existe entre la exigencia a Arafat para que impida los atentados, lo que significa atribuirle un poder que no tiene, y mantenerle encerrado, sin contacto con su gobierno, cuyas instalaciones son bombardeadas permanentemente. Cada día resulta más evidente que Sharon apuesta a fondo por la solución militar del conflicto. En estas circunstancias, ¿qué hace Washington? El debilitamiento político de Colin Powell, desbordado por los halcones de la Secretaría de Defensa, no presagia nada bueno. La sombra del 11-S es alargada y todo indica que Bush ha abandonado la tarea de formar parte de la solución, para convertirse en una parte del problema. Veremos.