ALFONSO DE LA VEGA
03 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.En septiembre de este año se cumplirá un cuarto de siglo desde la desaparición física de María Callas. La que pudiéramos llamar, rememorando a Pessoa, Callas ortónima, puesto que las heterónimas, las recreaciones de heroínas de sus óperas, durarán mientras nuestra civilización no caiga en manos de talibanes que prohíban la música y el canto. El mito nació en La Fenice veneciana hace ahora 53 años. La biografía de Mary Anna Kalogeropoulou nos habla de un duro proceso vital de desenvolvimiento de la voluntad. Una mujer hecha aria a aria, con algún dúo y trío (si contamos a su marido, Meneghini), capaz de agrandar el prodigioso registro de su voz tanto como pierde en peso y gana en belleza y carisma personal. Vivía profundamente cada representación, de modo que hacía suyo cada personaje en lo dramático y en la calidad de su voz. Saramago nos relató en una de sus novelas el último año de Ricardo Reis, el heterónimo pessoano que sobrevivió al propio poeta. En estos tiempos de marquismo, en los que las falsificaciones desplazan a la autenticidad, creemos, sin embargo, que nunca habrá un último año para las criaturas de la Callas mientras funcione un tocadiscos y podamos admirar su prodigiosa obra, como vestigio de la música de las esferas o el mundo de las Ideas, de los que nos hablaban sus compatriotas fundadores de la civilización occidental.