ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
09 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El hijo de mi colega no dudó ni diez segundos, cuando su padre le preguntó quién gobernaba España en la época de la invasión napoleónica: «Alfonso XII», dijo el mocetón, seguro de haber dado en la diana. Mis amigos profesores -todos profesionales admirables por su solvencia, responsabilidad y tesón- me cuentan docenas de anécdotas que demuestran que, con ser garrafal, lo menos malo de lo que está pasando en nuestros institutos y colegios es que muchos niños no sepan dónde van Alfonso XII, Leonardo da Vinci o Charles de Gaulle. O que no desconozcan qué ríos cruzan Londres o París. O cómo dividir con decimales. Lo peor, lo grave de verdad, lo que acongoja (por no decir lo que acojona) a quienes se encargan de formar a nuestros hijos, es el creciente y palpable desinterés de sus alumnos, la dificultad para lograr que la historia, la química o el cálculo compitan con operaciones triunfo y hermanos grandes y pequeños; para que la literatura resista la presión de todas esas miniseries, minirubias y minibotarates que han conseguido arrumbar en el baúl de los recuerdos La isla del tesoro o Veinte mil leguas de viaje submarino. ¿Mejorará la situación, como afirma el presidente del Gobierno, aumentado los niveles de exigencia en los centros de enseñanza? Sin duda alguna, pues sólo los demagogos y los tontos se creen todavía el cuento chino de que es posible aprender sin esforzarse. Como sólo los demagogos y los tontos pueden pensar que la salida del maremagnum en que nos han metido el efecto combinado de reformas hechas con los pies (por no decir con otras partes más pudendas de nuestra anatomía) y de la popularización de la cultura basura basada en el consumo masivo para jóvenes, dependa exclusivamente de la ocurrencia de introducir una reválida al acabar el bachiller. Es tanto lo que los españoles nos jugamos en la reforma del sistema educativo que ni el país ni quienes lo sostenemos pagando religiosamente los impuestos nos merecemos ahora otro espectáculo similar al de la LOU. Muy por el contrario, tenemos derecho a esperar que la reforma vaya precedida de un diagnóstico cabal -que, para serlo, ha de contar con las aportaciones de los enseñantes y los padres- sobre las patologías que hay que corregir, los medios más sensatos para comenzar a hacerles frente y los resultados que pretenden conseguirse a corto y medio plazo con tales correctivos. Y es que con la educación sucede igual que con la guerra, aunque al revés. La primera es demasiado importante como para dejarla sólo en manos de los militares. La segunda lo es también como para entregársela sin prevención alguna a los políticos.