No por mucho repetirlo lo vamos a entender. Pero es sabido que las guerras, como los huracanes, no las gana nadie. Las guerras sólo las ganan los que las evitan. Aún así, hay quienes creen que regar cada mañana las calles con sangre les permite alzarse como vencedores y dominadores de un conflicto. Es lo que le ocurre a Ariel Sharon y a gran parte del pueblo israelí, que lo apoyó hasta llevarlo a la jefatura del Gobierno. Creen que sembrando la calle de cadáveres van a acabar con una situación de deuda histórica y de la que ellos son los primeros responsables. Sharon no engaña a nadie que sea capaz de echar la vista unos años atrás. Vive para la muerte y para la destrucción. Lo demostró en 1982 en Sabra y Chatila. Lo hizo dos años después al asegurar que nunca Israel aceptaría un acuerdo con los palestinos. En septiembre del 2000, con su visita a la explanada de las Mezquitas de Jerusalén, en un desafío sin precedentes. Y cada día con su actitud férrea y desafiante. Sharon sólo se engaña a sí mismo. Cree que las bombas matan las injusticias, que la metralla aniquila los ideales. Entiende que masacrando inocentes acaba con el sueño palestino. Y se ha convertido en rehén de su propia espiral de violencia. Ahora, los israelíes descubren que su líder carece de un plan que no sea la destrucción total del pueblo palestino. Que sólo quiere sumar cadáveres. Son unos lumbreras. Lo curioso es que la guerra está a punto de llevar al sanguinario Sharon al paro. Deberían acompañarlo quienes desde las instituciones internacionales han sido incapaces de poner un gramo de cordura. Son mayorcitos para saber que los conflictos bélicos nunca tienen ganadores. Que la locura de la guerra no sirve para nada lo sabe muy bien el descerebrado de Ben Laden. Ha sido bombardeado con misiles inteligentes, tomahawks, bombas de racimo y miles de toneladas de metralla. A estas alturas debe de estar muerto. Pero de risa.