ARIK EL TERRIBLE

La Voz

OPINIÓN

06 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Ariel Sharon, o Arik, como le llaman sus más allegados, es un hombre de éxito. Ha conseguido en meses lo que, en décadas de enfrentamientos encubiertos y guerras declaradas no se había logrado: obtener la excusa perfecta para devolver con un ataque militar cada atentado terrorista palestino. Las acciones israelíes de defensa o de represalia, según se mire, no sólo son, deliberadamente desproporcionadas, sino que, suelen tener un resultado destructivo, muy superior al daño infringido inicialmente por los palestinos. Esta supuesta patente de corso se la ha otorgado a sí mismo a raíz de su visita de cortesía a la Explanada de las Mezquitas del 28 de septiembre de 2000. Una estudiada provocación que ha originado el levantamiento palestino más sangriento de toda la historia. Arik lo ha hecho sin pestañear y sin que, lo que el resto del mundo diga, le importe lo suficiente como para moderar sus formas. ¿Quién diría que detrás de ese aspecto bonachón de abuelo canoso y oronda figura se esconden décadas de rencor acumulado? Viéndole, dan ganas de invitarle a comer un cocido y jugar una partida de dominó. Sin embargo, es el responsable de la desgraciada lista de muertos tanto en el bando palestino como en el israelí de los últimos dos años; cientos de personas que, seguramente se encontraban en el lugar equivocado en el momento erróneo o que simplemente creían en una causa y dieron su vida por ella. El general Sharon es la cabeza visible de la facción más radical de los israelíes. Arrasó en las elecciones asegurando que lograría la paz en un corto período de tiempo, de forma expeditiva y con el mínimo número posible de bajas. Representaba la esperanza de una población harta de un conflicto sangriento y muy costoso. Sin embargo, el entusiasmo y el apoyo inicial han ido diluyéndose ante la cruda realidad: Arik sólo ha multiplicado la lista de muertos: novecientos palestinos frente trescientos y pico israelíes. Su pétrea posición política se tambalea ante el clamor de unos ciudadanos que ven cómo no sólo no se ha logrado la paz sino que la declaración de guerra con los palestinos es inminente. Arik y sus portavoces aseguran querer la paz pero no a cualquier precio. Se sienten fuertes y sólo la aceptarán cuando se obtenga según sus intereses y en sus propios términos, es decir, eliminando al enemigo, ya sea matándolo ya sea expulsándolo de las tierras que considera israelíes, para así extender sus fronteras hasta Jordania y recuperar el mítico Gran Israel . Por su parte, los palestinos reclaman sus derechos históricos sobre las tierras en las que han vivido durante los siglos de éxodo judío. Sólo la indolencia de los gobernantes árabes sin carisma, desunidos y temerosos de un enfrentamiento para el cual no están militarmente preparados impide una declaración formal de guerra. La cuestión es saber cuánto aguantarán la indignada y creciente presión de sus poblaciones porque Arik el Terrible está dispuesto a todo.