CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
17 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Es blanca de pelo y de corazón. Su prosa es nieve de encanto, fuego frío. Ana María Matute es la gran dama de la literatura española, cuento puro, su primera memoria. Su vida de hada de las letras saltó a los titulares por decir verdad, gran verdad. «En la Academia me siento como Blancanieves y los cuarenta ladrones», asestó. Sus palabras llamaron la atención y a ella también se la llamaron. Hubo tirón de orejas, pero ella fue aún más trasno en la explicación: «Lo dije porque me gustó mezclar los dos cuentos, Blancanieves y Alí Babá, y además la Academia es un nido de carcamales». Toma respuesta. Ella no es una mocita, pero puso el dedo en la trama. Renovarse o morir. «En trescientos años, tres mujeres (Elena Quiroga, Carmen Conde y yo); salimos a una mujer cada cien años», devanó. Otra evidencia. Una institución sin mujeres en el siglo XXI es diccionario herido de muerte. No tiene sentido. La igualdad no es sólo para el lenguaje. Debe estar en la mismísima Casa del Lenguaje. Ana María oye mal. Es nuestra Goya del final de sus días. Pero, detrás de sus palabras, hay Matute, mucho Matute. Ha acertado lo que sólo acierta un sordo. A ver si la Academia escucha.