El cambio climático, consecuencia del llamado efecto invernadero, está derritiendo la Antártida. Los gases ¿especialmente el CO2¿ contaminan la atmósfera al crear un manto que absorbe el calor irradiado por la tierra y produce un aumento de la temperatura, originando un proceso que, según la ONU, traerá terribles sequías, inundaciones, epidemias y hambrunas. Si no se le pone freno, en cien años habrá el doble de concentración de anhídrido carbónico en la atmósfera y la temperatura aumentará 4,5 grados. Una visión que recuerda la profecía apocalíptica o al mismísimo infierno. Margot Wallstroem, comisaria de medio ambiente, afirma que la UE debe llegar a la próxima cumbre de Johannesburgo como abanderada mundial de las propuestas del Protocolo de Kioto que propugna la reducción progresiva de emisiones de gases contaminantes, pero para que el protocolo sea vinculante deben formalizar su adhesión cincuenta y cinco Estados que originen el 55 por 100 de estas emisiones y hasta ahora sólo se han comprometido treinta y seis. Una vez más, la política tiene ante sí el reto de recuperar espacio frente al poder de un mercado sin alma. La petrolera Exxon Mobil ha inspirado la decisión de EE UU de no adherirse al protocolo, excepto que la reducción se limite al 4,5%, sea voluntaria para la industria privada e implique beneficios fiscales. El gobierno español, que preside en este primer semestre la UE, ha remitido a las Cortes la propuesta de reducción del 8% de gases en nuestro país, cumpliendo así el acuerdo adoptado en la VII cumbre del clima de Marraquech. Pero además del propio ejemplo, España tiene ante sí el reto de conseguir aumentar el cupo de adhesiones y hacerle ver al amigo americano que, como ha dicho Joe Lieberman, miembro del comité de medioambiente de aquel país, lo que Bush vende como un paso adelante para los EE UU, será finalmente un grave retroceso para la humanidad.