Cada vez que se vislumbra un rayo de esperanza, alguien se encarga de sofocarlo. La paz en Oriente Medio tiene eficaces enemigos. Hace unos días se suspendieron -aunque luego se reanudaron- las negociaciones del alto el fuego entre israelíes y palestinos. En esa ocasión por un atentado suicida de las Brigadas de Al Aqsa. Mañana lo podría ser por cualquier otra causa. Los negociadores internacionales aseguran que Israel necesita la paz. Palestina, también. Y, sobre todo, el mundo entero exige que se ponga fin a la sangría, al afán de venganza y al horror que cada mañana nos lanzan a la cara. Con estos principios lo racional sería pensar que el acuerdo está próximo. Pero muy pocos parecen dispuestos a que impere el sentido común. Los radicales palestinos por un lado y Ariel Sharon por el otro, se empeñan en impedir una salida negociada. El afán de venganza de Sharon lo ha llevado a sumergirse en una espiral de violencia que, afortunadamente, comienza a ser llamada por su nombre. Limpieza étnica. Sigue reventando palestinos, asaltando hospitales, demoliendo hogares, bombardeando escuelas y cañoneando refugiados. Porque, que nadie piense lo contrario, Sharon se alimenta, exclusivamente, de sangre. Las descabelladas acciones de los comandos suicidas palestinos, en una evidente descalificación a su líder Arafat, tienen el mismo objetivo. Hacer inviable la paz. En los momentos en que surge alguna posibilidad de alcanzarla, golpean estratégicamente. Como hacen los descerebrados. El psicólogo Stephen Galliano asegura que el horror de la sangre se limpia con las palabras. No nos hagamos ilusiones. Después de décadas de guerra abierta sabemos que en muchas partes del mundo la sangre ahoga las palabras. Y que no hay nadie capaz de evitarlo. Los optimistas e ilusos, los que apostamos por la sensatez, deberíamos hacer un ejercicio bien simple. Repasar la historia. Y la biografía de sus protagonistas. Veríamos entonces que están marcadas por la muerte y por el odio visceral. Están incapacitados para alcanzar la paz.