BILLY WILDER, EL JUDÍO

La Voz

OPINIÓN

02 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

El odio no nace, se hace. Sí, el odio se construye, con la minuciosidad y precisión con que el orfebre graba su vaso más hermoso. Somos nuestra infancia, que, aun cuando resulta objetivamente desgraciada, casi nunca es, pese a ello, triste e infeliz. Hasta que alguien la alimenta con el odio: entonces pasamos ya a convertirnos sólo en nuestro odio. Eso son, sacos de odio, el bárbaro Sharon, que ha desencadenado una ofensiva criminal en los territorios ocupados; y los jóvenes terroristas palestinos que, al inmolarse, se llevan por delante a ciudadanos cuyo único delito es comer pizza en Jerusalén o en Tel Aviv. Arafat contaba el otro día que de niño jugaba con los judíos, y seguro que es verdad. Tan verdad como que los adultos que en Irlanda apedrean a unos chiquillos por querer acudir a su colegio, fueron un día niños que jugaron al balón con algunos de los padres de los hoy apedreados. ¿O es que el odio de ese joven vasco que teorizaba hace unos meses tan tranquilo sobre la legitimidad de asesinar a concejales del PSOE o del PP ha nacido en él de una forma espontánea y natural? ¿O es que es espontáneo y natural el odio del chivato que vigilaba en Orio a su vecino para facilitar la labor de quienes iban a matarlo? No: ni el odio nace, ni echa raíces sin que haya quien lo riegue de forma constante y generosa; sin los solícitos cuidados de esos líderes sociales y políticos que, tras una labor cobarde, delirante e irresponsable, lo inoculan en un cuerpo social que, con el odio, se envenena y ya sólo sabe vivir para su causa, como el vampiro vive sólo para la sangre una vez que ha sido contagiado. Es cierto que, como cualquier otra insania política o moral, el odio a los otros puede tardar en instalarse, pero hay pocas verdades sociales tan evidentes como ésta: que si una comunidad es educada en ese odio, antes o después acabará por vivir por y para él. Incluso cuando la misma ha sufrido tanto a lo largo de su historia como han sufrido las comunidades judía o palestina. Pero repito, el odio no es la consecuencia inevitable y natural de la desgracia. Es, antes que nada y sobre todo, el efecto directo y previsible de la socialización en el propio odio que, vorazmente, todo lo devora. La prueba viviente de esa triste verdad se nos iba hace unos días. Un judío, Billy Wilder, que hubo de huir de los nazis tras perder en los campos de concentración a toda su familia, dejaba tras de sí una de las obras artísticas más generosas de este siglo. Pese a tener motivos más que sobrados para ello, Wilder no estaba, seguro, carcomido por el odio. Y por no estarlo fue capaz de crear inolvidables personajes ¿la ingenua Monroe de La tentación vive arriba , los pícaros Curtis y Lemmon de Con faldas y a lo loco , la deliciosa MacLaine de Irma la Dulce ¿ en el mismo tiempo en que otros no han creado más que horror.