WILDER

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

05 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Muchas veces he escrito que el sentido del amor es el sentido del humor. Las mujeres se conquistan por el oído, decía un clásico. Si haces reír a una mujer, ya reinas en medio corazón. Viene a cuento de Billy Wilder. Wilder le sacaba risas a cualquier situación. De Marilyn contaba que no era capaz de decir ni la frase más sencilla. Pero era Marilyn y había que soportarla, «porque -apuntillaba Wilder- mi tía, la de Viena, seguro que lo dice a la primera, pero quién quiere ver a mi tía, la de Viena, en el cine». La cometa de la risa siempre va de la mano de la ternura. En ternura era un maestro el cineasta, como Woody Allen. Tuvo una vida complicada, pero el sentido de la ironía (la risa inteligente) le sacó del pozo hasta el altar de Hollywood. Otra clave de Wilder era que escribía sus películas. Dio el paso de guionista a director para que no le cambiasen sus textos. Hoy los (d)efectos especiales nos vuelven locos. Pocos cuentan una historia en el cine. Por eso Wilder nos recuerda que la palabra es lo primero, lo más importante. Un puñado de frases redondas en boca de Lemon, Matthau o Audrey convierten el patio de butacas en una mandíbula batiente, de risa, de magia, de Wilder.