Al grito de «no se ha marchao / que le hemos echao» los españoles celebraban la marcha al exilio de Alfonso XIII y la llegada de la Segunda República tal día como hoy de 1931. El mal fario acompañó la vida de aquel Rey a quien una maldición ¿recogida por Juan Balansó¿ predijo que con su heredero se acabarían los reyes de España por derecho de sangre. Sus primeros hijos se vieron tocados por la desgracia: Don Alfonso, hemofílico. Don Jaime, sordomudo. Sólo el tercero, Don Juan, tuvo salud y disposición para asumir el legado de su padre, pero entonces era ya un Rey sin reino, secuestrado por un caudillo militar. Franco manipuló la lealtad de los monárquicos para vencer a la República y manejó las emociones y los intereses de los posibles herederos de las dos ramas legitimables en la tradición borbónica. Nombró su sucesor en la jefatura del estado al nieto del Rey en vida de su padre, alterando la lógica dinástica, y también casó a su nieta Carmen con Alfonso de Borbón, que nunca renegó de sus aspiraciones como hijo de Don Jaime, forzado a renunciar a sus derechos sucesorios por incapacidad física y por casamiento morganático con una dama que no tenía sangre real. A Felipe de Borbón le corresponde garantizar la línea sucesoria a la dinastía instaurada por Franco en la figura de su padre, hijo a su vez de un príncipe que no pudo reinar. Visto lo visto, no es de extrañar que a Don Juan Carlos le trajera de cabeza el posible matrimonio de Don Felipe con lo que en jerga monárquica aún se considera una plebeya. Si nos atuviésemos a la Constitución, no tendría importancia, pero si la tradición prevaleciera, un matrimonio de esa naturaleza invalidaría al príncipe como heredero de la corona. Si Don Felipe se acogiera a la sana idea de que sus derechos son equiparables a los de los demás ciudadanos, pondría a su padre a los pies de los caballos y podría propiciar la venganza de los legitimistas. ¿Se cumplirá la profecía?