PACIFISTAS

La Voz

OPINIÓN

ERNESTO S. POMBO

28 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Nos lo han cambiado todo. Venecia no es Venecia. Es una cafetería. El Cantábrico es una urbanización de lujo. Arousa, un coche. Picasso, otro coche. La Razón, un periódico. Y Ariel Sharon, un pacifista. Lo ha dicho el presidente norteamericano, George Bush. Otro pacifista. El salvador de la paz mundial, el líder carismático; el hombre que aúna todas las democracias del mundo en la lucha contra el mal, ha asegurado que Sharon es un «hombre de paz». Y le faltó completar la frase: Arafat también es un pacifista. Lo que faltaba para legitimarlos en sus salvajes carreras hacia la destrucción total. El hombre sobre cuya conciencia reposan miles de muertos, el que lamentó no haber liquidado a Arafat, el asesino obsesionado por acabar con el pueblo palestino, el que le ha enseñado al mundo lo que es el horror, resulta que es un entrañable pacifista. Habrá que llamar a José María Mendiluce para crearle una ONG. Ni Kofi Annan, ni los observadores de la ONU, ni los periodistas son capaces de describir lo que ocurre en Palestina sin tener que recurrir al diccionario de la barbarie. Ya no quedan adjetivos para calificar lo ocurrido. Y Bush va y le anima. Y nos encontramos con que se alimenta una situación de locura colectiva, en la que no existen ni razones humanitarias, ni tan siquiera sentido común. Se ha dicho hasta la saciedad que Sharon y Arafat están incapacitados para entenderse. Que la comunidad internacional debe reaccionar con urgencia. Y que EE UU tiene que utilizar su influencia para obligar a detener la masacre. Pero no sólo no lo hace, sino que Bush, como queriendo imprimirle una nota de humanidad, asegura que Sharon es un pacifista. Nada es lo mismo. «La Paz» puede ser la marca de cigarrillos que fuman los que han fracasado en el intento de dejar el tabaco. O la reconciliación entre unos y otros, que también se fuman estos tres pacifistas. Por eso ya no nos sorprendemos de que San Andrés sea un agua mineral sin gas. Y Sharon, un hombre de paz. Claro que también Orlando no es una ciudad. Es un tomate.