RES PUBLICA
04 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Es muy poco probable que Jean-Marie Le Pen, líder del partido de extrema derecha Frente Nacional, gane hoy la elección presidencial en Francia. Pero es casi seguro que el número de los que votarán a su favor aumentará. En la primera vuelta obtuvo casi 17% de los sufragios y se estima que en la segunda podría alcanzar los 25% y algunos hasta prevén que pueda lograr el 30%. Él mismo ha indicado que su objetivo es el 40%... Obviamente, todo resultado que le dé a la extrema derecha francesa más de 25% de los votos significaría un nuevo terremoto político, aunque sin consecuencias institucionales immediatas. Eso significaría que un francés de cada cuatro está dispuesto a votar por una formación xenofoba, antisemita, racista, antieuropea y ultranacionalista... Cosa muy difícil de imaginar en el país que se vanagloria de haber hecho la revolución de 1789 que introdujo el sistema democrático en Europa, llevó por primera vez al pueblo al poder e inventó los derechos humanos. ¿Cómo puede explicarse esa increíble audiencia del Frente Nacional y de Le Pen? Primero, hay que poner este acontecimiento en relación con la subida de la marea gris de la extrema derecha en toda Europa (Austria, Dinamarca, Holanda, Italia, Portugal, etcétera) y constatar que Francia no es una excepción. Segundo, como en muchos de estos países, los partidos de gobierno tienen una gran responsabilidad en la aparición de márgenes contestatarias (de extrema derecha o de extrema izquierda) cada vez más importantes. A este respecto, hay que recordar que Francia, desde hace cinco años, ha estado gobernada, en el marco de lo que aquí se llama la cohabitación , por una amplia coalición que integraba a un presidente de derechas (que dirige la política exterior, las relaciones con la Unión Europea y la defensa) y a un gobierno de izquierdas cuyo abanico iba del Partido Socialista a los comunistas pasando por los radicales, los verdes y los republicanos. Sólo quedaban netamente fuera de ese amplio espectro político la extrema izquierda trotskista (¡que obtuvo un 10% de los votos!) y la extrema derecha. Para muchos electores, la única manera de protestar ha sido votar en favor de estos partidos extraparlamentarios. Por eso ha desaparecido prácticamente el Partido Comunista, que habiendo estado casi siempre en la oposición recogía una gran parte del voto protestatario popular y que al estar en el Gobierno desde hace cinco años aparece como cómplice de una política de desmantelamiento industrial y de disolución de la clase obrera... El Frente Nacional obtiene regularmente, desde hace veinte años, un 15% de sufragios, y le ha bastado pues recibir el voto de apenas un 2% de descontentos suplementarios para provocar el seísmo del 21 de abril. ¿De qué están descontentos estos electores? Cuando se analiza la sociología de los votantes del Frente Nacional se descubre que este partido es el más votado por los parados (30%), por los obreros (25%), por los jóvenes (22%), es decir, por aquellas categorías sociales que tradicionalmente votaban por la izquierda y que más están sufriendo a causa de la mundialización salvaje. El Partido Socialista, obsesionado por integrarse definitivamente en el paisaje político burgués, sólo se ha preocupado por seducir a las clases medias acomodadas, ha conducido una política de centro, olvidándose de los trabajadores, de los empleados y de los más modestos de los ciudadanos. Lionel Jospin no dudó en empezar su campaña electoral afirmando que su programa no era socialista... Sin darse cuenta que, desde hace diez años, a medida que se producían los enormes cambios surgidos del fin de la era industrial, de las grandes mutaciones tecnológicas, de la globalización liberal, de las deslocalizaciones, del desmantelamiento del Estado de bienestar, de la integración europea, de la desaparición de las fronteras, del fin de la moneda nacional, etcétera, iban aumentando los miedos en el seno de las categorías sociales más frágiles (jóvenes, obreros, campesinos, jubilados). Y que nadie ¿excepto la extrema derecha¿ elaboraba un discurso y tomaba medidas para aliviar ese sufrimiento social. Para todas estas personas aterrorizadas por los nuevos cambios, el voto se ha convertido en un arma con la cual ellas podían a su vez aterrorizar el sistema político que las despreciaba o ignoraba. Votar Le Pen ha sido, para muchos, una manera de meter una bomba en la urna, practicar una especie de terrorismo electoral para hacer estallar el sistema, para que se escuche su sufrimiento. Indiscutiblemente lo han conseguido el 21 de abril. Su intención no es nombrar a Le Pen y éste, repito, no será probablemente elegido hoy. Pero si los dirigentes políticos se olvidan del aviso que los electores más modestos, aquéllos que constituyen el pueblo común, les han enviado con fuerza y desesperación el 21 de abril. La próxima vez prenderá el fuego...