UN PASEO A NINGUNA PARTE

OPINIÓN

13 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Aterricé el otro día en Madrid y, por un desajuste horario, me encontré con un tiempo libre no previsto. Decidí dar un paseo por algunos lugares donde los recuerdos de juventud me permitían interiorizar la memoria urbana. No iba a ningún destino en concreto, pero al poco tiempo percibí que mi paso se hacía cada vez más apresurado; era el apresuramiento del entorno el que me arrastraba. Y entre tanto los ruidos del tráfico, las vociferantes conversaciones, las máquinas de la calle, las músicas detonadoras, en fin, el estrés urbano, me empezaba a tensionar. ¡Pero si yo sólo quería pasear! Entonces sumé mentalmente las otras tensiones, las horarias, las económicas, las derivadas de la competitividad excesiva, las de la soledad, las de la pobreza urbana. Ya nada tenía que ver con mis recuerdos de juventud, los lugares eran los mismos, pero poco más. Me encontré con una persona de antiguo conocimiento que en una avanzada edad veía transcurrir su epílogo vital entre la inactividad, la inmovilidad, la soledad... Y se asomó una pregunta a mi mente. ¿Para qué? ¿Para qué vivir tantos años y estar de esta manera? ¿Merece la pena vivir más años en una situación así? Y otras preguntas se entrelazaban a las anteriores. Mientras, la ciudad seguía agrediendo, estresando, tensionando a tantas personas que también llegarán a ser mayores y ¿si no se avanza con una óptica más humana del desarrollo¿ terminarán como aquella persona conocida de antiguo. No piense quien esto lea que estoy llevando mi discurso a la eutanasia. Todo lo contrario, tan al contrario como es mi posición ante esa práctica. La cuestión es otra, es una respuesta positiva. Los avances de la medicina, de la higiene y de la alimentación están prolongando la duración media de la vida, pero el chasis que soporta la vida, el organismo físico que sostiene el aliento vital, no está preparado generalmente para durar tantos años. Resultado, un desajuste entre la duración de la vida y la duración del chasis, de los mecanismos vitales; y como consecuencia la vida se prolonga generando importantes problemas, que hacen dudar de que a tales situaciones se les pueda aplicar el concepto de calidad de vida. Por eso, pienso, hace falta una preparación desde el inicio de la vida para que también lo más material, lo más físico se ajuste en su durabilidad al aliento vital. Tensiones Pero la realidad nos ofrece dudas de esperanza: las tensiones de la gran ciudad, donde viven la mayoría de las personas; las tensiones de los continuos desplazamientos; las tensiones psicológicas de la competitividad, del éxito; el sedentarismo y ¿sobre todo¿ una alimentación cada vez menos sana son factores contrarios a la durabilidad ¿Para qué correr tanto? ¿Por qué apurarse tanto? ¿Por qué someterse a tantas tensiones exógenas y endógenas? ¿Por qué la gran ciudad? Quiero vislumbrar un territorio de pequeñas ciudades, donde la naturaleza, las personas, el trabajo, la vida discurre, puede discurrir en armonía. Donde el tiempo y el dinero puedan aportar entradas de equilibrio, de verdadera calidad, de sana ecología. He conocido esos lugares, he experimentado sus modos de vida, he convivido con ciudadanos de diferentes culturas, de diferentes lugares. He encontrado la calma, la sonrisa, la persona, la armonía. Tal vez allí el desajuste entre la durabilidad y la vitalidad no sea tan llamativo. Tal vez allí, en aquellos lugares, en aquellas ciudades, el entorno sea más humano. Y el hombre viva más. ¡Cuántos cuestionamientos a tantas teorías de la eficiencia económica que asocian el desarrollo a la metropolización! Claro que casi siempre asimilan desarrollo a crecimiento; claro que casi nunca piensan en el desarrollo humano. Yo prefiero vagar por el camino litoral que frecuento, y no volver a pasear arrastrado por la aburrida prisa de llegar a nada. Como siempre, es una cuestión de valores. Justamente lo que menos se valora y lo que más se necesita para alcanzar una durabilidad humana.