VÉRTIGO

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

Notas la araña fría que te recorre la espalda y sabes que está aquí. No falla. Es un viejo conocido, el vértigo. Quienes lo padecen lo saben de memoria: esa fadítica atracción por el abismo. Los viaductos de la autovía en Pedrafita son un gran ejemplo. Tocas el cielo. Estás a punto de despegar. Es imponente. Si miras hacia los lados estás condenado. Tienes que clavar los ojos en el asfalto y dejar las vistas para los que no padecen el mal. El sufrimiento empieza antes. Lo intuyes. La saliva se espesa. El tambor del corazón hace de las suyas. Te quedas sin aire. La bandera del sudor aparece. Llega el precipicio. Las montañas parecen cortadas a hachazos. Cuando lo superas juras que no volverás a las alturas. Nunca jamás. Pero te toca trabajar en la ciudad. Creías que iba a ser en un bajo. No es así. La oficina está en el 17 y el trabajo no es de controlador aéreo. El ascensor es como subir al dragón Khan de Port Aventura. Te aspira el estómago. El Bernabéu, desde arriba, es una caja de cerillas. Las personas no son ni puntos. ¿Por qué no seguimos el sabio consejo de hacer las cosas a nuestra imagen y semejanza? Me vuelvo a la aldea. Siempre a ras de hierba.