¡QUÉ NOCHE LA DE AQUEL DÍA!

OPINIÓN

28 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

¡Alucinado! Mi amigo estaba alucinado oyendo lo que salía por la boca de Uribarri y me llamó, no fuese a perderme el espectáculo. Intenté, créanme, resistirme cuanto pude, pues por fin había alquilado en vídeo Gladiator y disfrutaba de lo lindo del circo, sus romanos y sus fieras. Pero, al fin, cedí y apreté el fatídico botón que iba a precipitarme en Caspalandia. Lo que pude contemplar durante los veinte minutos que fui capaz de soportar los cinque «puan» y seven «poins» marcará mi vida para siempre. Pues contemplar la resurrección de los cuerpos y las almas es cosa que ningún ser en sus cabales está en condiciones de olvidar. ¡Aquella voz! ¡Sí aquella voz, que sonaba casi de ultratumba! La misma que escuchábamos de niños, cuando el perenne estaba aun entre nosotros. Aquellas mamarrachadas del españolismo más cutre que cabe imaginar: que si los franceses, ya se sabe; que si los suecos, ¡menudos los suecos!; y que si nuestros aliados portugueses. Aquellos cantantes ¿¡y nunca mejor dicho!¿ a medio camino entre George Dan y Robocop. ¡Increíble! ¡Inolvidable! ¡Indescriptible! No tengo nada, claro, contra Rosa y los niños de la vaina. Es más: me parece emocionante que una chiquilla hija del pueblo más humilde vaya a convertirse en multimillonaria por hacer de forma regular lo que otros saben hacer mucho mejor. Esa es la fortuna de la vida, y que le haya tocado a ella y no a un sinvergüenza o a un carota es algo que me produce la misma satisfacción que a millones de españoles. Bien está que los niños canten, y bailen, y con ello ganen pasta. Como diría mi abuela Juana, «ellos se divierten». Pues pistonudo: no sólo han de divertirse los de siempre. Pero yo, que he criticado y debelado las estupideces e imposturas del discurso de los nacionalismos periféricos, no puedo dar ahora la callada por respuesta ante esta muestra bochornosa de un nacionalismo español cotroso y reaccionario que resulta tan nefasto como todos, aunque es cierto que mucho más inocuo que alguno de los que tenemos la desgracia de sufrir. Cualquiera puede estar, claro, ilusionado con que los concursantes españoles ganen el festival de Eurovisión, como, de hecho, suelen estarlo millones de aficionados al balón con que la selección de fútbol nacional gane un partido o un trofeo. A mí no me ilusiona en general ni una cosa ni la otra, lo que es prueba irrefutable de mis manías y rarezas. Pero entre eso y que la televisión y radio públicas consideren el Festival de Eurovisión como un nuevo Trafalgar, media un abismo. Soy de los que creen que considerar al Gobierno del Partido Popular como una reencarnación del régimen franquista es una parvada para consumo de sectarios. Dicho lo cual, puede admitirse sin problemas que entre José Luis Moreno y Algueró, por poner sólo dos ejemplos, hay la misma distancia que entre el Uribarri de hace treinta años y el de hoy: ninguna. Es decir, cero puan.