LOS DISFRACES DE LA HUELGA

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

29 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

De repente todos se han puesto tremendos. Aznar ha decidido vestirse de Margaret Thatcher en respuesta a que Méndez y Fidalgo recurrieron al atuendo de aquel líder minero británico llamado Arthur Scargil que quiso poner en un brete a la Dama de Hierro y acabó certificando la crisis de un sindicato cuya espectacularidad tenía más que ver con sus contactos con Libia y Moscú que con la crudísima realidad de las explotaciones del carbón en el norte de Inglaterra. No son los únicos en acudir al baúl de los disfraces. Llamazares, por ejemplo, ha optado por lo que siempre quiso ser, es decir, Teleñeco, a juzgar por lo mucho que bregó hasta verse en la guasa de tan celebrado guiñol. Por otro lado, una vez que CC OO no es correa de transmisión de partido alguno, Llamazares puede haber caído en la cuenta de que quizá haya algo de renta en una política ceñida al curso de los acontecimientos marcado por UGT y CC OO. Visto lo que hace IU en Euskadi, tampoco parece que tenga otra idea política en la cabeza, incluso a riesgo de que haya quien tome por entreguismo lo que a lo mejor no pasa de seguidismo. En cuanto a Zapatero, puede decirse de él que disfruta de la ventaja de quien está dispuesto a acudir a todas las fiestas, bodas y bautizos con la idea fija ¿o bajo la condición¿ de ceder el paso. Hay puertas ante las que es la mejor actitud, pues permite echar un vistazo a lo que sea que ocurra al otro lado del umbral, sin perder la ventaja de no darse por aludido o de acudir a la excusa de que uno pasaba, simplemente, por ahí. Claro que hay umbrales sumamente engañosos respecto a la auténtica altura del dintel. Y si lo del umbral y el dintel resulta poco claro, puede sustituirse por lo que haya de colusión entre la crisis infraestructural de los sindicatos y la crisis supraestructural del PSOE. Todos ejercen, en realidad, el derecho ¿que algunos clásicos definen como privilegio del gobernante¿ a elegir a quién le van a meter el dedo en el ojo. Todos estaban de acuerdo en que la reforma del desempleo era tan necesaria como evidente el hecho de que puestas las peonadas del PER en manos de los alcaldes, el PER se convierte en el mejor disfraz para la caciquearía laboral. Ahora ya no están tan puestos. ¿Se acuerda alguien de quién fue la idea de que el PER se administrara así? ¿Hay quien se acuerde del alcalde de Marinaleda, tan dado a las melenas de Cristo como a la boina del Che? ¿Hay quien no haya reparado en lo que puede significar para el PSOE perder en Andalucía la red clientelar que es el PER para quienquiera que lo tenga en sus manos? ¿Podrían ser las cosas de otro modo? Puede que sí, pero es más probable que no. El diálogo y el consenso son artes admirables que pueden ir más allá que la ciencia del Parlamento y la norma de que en democracia gobierna la mayoría. Pero también pueden no ir, sobre todo cuando el diálogo no resulta rentable para ambas partes, y el consenso supone una merma difícil de sobrellevar para la nitidez en el perfil de las posturas. Un perfil poco nítido es rasgo de los fantasmas. Un consenso prolongado y polifacético puede estimular el fantasma de la cohabitación, así como la imaginación de un sobresalto a la francesa. Aquí nadie quiere para sí la apariencia de un fantasma. Mucho menos los sindicatos, que lo son. Puestas de tal modo las cosas, resulta bastante lógico que UGT y CC OO hayan optado por el do de pecho desde debajo del agua. Tan lógico como que, cuando el diálogo y el consenso no son la mano de santo que, a veces, resultan ser, el partido con la mayoría parlamentaria opte por ejercerla. Y que el río revuelto añada erotismo al tacto del cántaro en manos de la lechera, también parece coherente en un país donde casi siempre se está en campaña electoral. Acabamos de salir de Eurovisión y no acabamos de entrar en el Mundial de Fútbol. Es la era de la competitividad y del desafío, del reto. En Sevilla veremos pancartas escritas en inglés, como la estrofa de la cancioncilla, para que los televisores del mundo muestren de qué va la movida. Pero la hora de abandonar el disfraz es siempre la peor de la noche.