Al Museo Nacional de Hungría se asciende por una gran escalinata. Busco el peldaño desde el cual, el quince de marzo de 1848, Petöfi leyó el Canto Nacional que provocó el levantamiento contra los Habsburgo. Al encontrarlo, me siento en el frío mármol y recuerdo los primeros versos: «¡Ponte, húngaro, en pie, la patria te implora!/¡Ahora o nunca, la hora es ahora!...». Prefiero otros poemas suyos de amor, sobre la muerte y el alma, más íntimos, más románticos, tales como este que lleva por título el primer verso: «Un pensamiento hay que me anonada:/morir en cama, sobre blanda almohada!/Marchitarme despacio como rosa/a la que un huésped misterioso acosa». La vista del conjunto de la plaza se interrumpe por el gran monumento al poeta János Arany. Amigo de Petöfi, János está sentado en un gran pódium, mientras que Sándor se encuentra de pie, frente al Danubio, junto a la iglesia ortodoxa griega, al comienzo del Puente Isabel. Al otro lado de dicho puente, a los pies del Monte Gellért, está el monumento a la Emperatriz Isabel. Rostro joven y bellísimo, cuerpo recostado sobre un amplio sillón, mirada perdida entre los pliegues de su ropaje. En el Palacio Károlyi, donde está instalado el Museo de Literatura de Hungría y la biblioteca Petöfi, veo recuerdos suyos y de otros autores como Atilla József, Endre Ady y Mór Jókai. En el Museo Kiscelli, uno de los varios dedicados a la historia de la ciudad, hay una interesantísima sección dedicada a la imprenta. Allí contemplo la máquina que imprimió el Canto nacional . Es semejante a otra que utilizaron los revolucionarios del 1848 conservada en el Museo Nacional de Hungría. Petöfi había nacido en 1822 en una pequeña aldea de la gran llanura húngara, en Kiskörös. Su padre, de origen eslavo, era carnicero y apenas sabía hungaro, su madre ni siquiera lo hablaba. Imbuído por el romanticismo, vivió una vida llena de lances amorosos, pobreza, espíritu revolucionario y nacionalista, reconocimiento popular, olvido y temor a una muerte no heroica. En 1848, aprovechando los levantamientos de Italia contra Austria que obligan a reclutar a soldados húngaros, Petöfi escribe el Canto Nacional . Los estudiantes y los obreros, los escritores del Café Pilvaux, ocupan la imprenta Landerer e imprimen el poema subversivo así como los doce puntos que resumían las reivindicaciones de la nacionalidad húngara. Petöfi asume la posición más radical, habla de revolución y no sólo de independencia. Pero el rumbo de los acontecimientos va en su contra. Su candidatura a diputado es derrotada y en El apóstol está presente su amargura, los propios siervos que ayudara a libertar lo habían traicionado. Petöfi se incorpora al ejército que lucha por Hungría al mando del general polaco Jozsef Bem en Transilvania (hoy Rumanía). Liberado este territorio y ante la petición de ayuda austríaca a Rusia, se produce una violenta batalla en Sesgovar. Su cuerpo fue atravesado por la lanza de un ulano del regimiento de Nassau. Nunca se encontró su cadáver. «¡Terrible tiempo, época dura!,/y más terror cada vez augura./Acaso el cielo/juró que el suelo/bajo los húngaros se hundiría./Nos sangra el cuerpo, dolor profundo,/¿y cómo no cuando medio mundo/contra nosotros la muerte envía?...». Yo descubrí a este poeta, hace mucho tiempo, gracias a los versos de otro también grande gallego, Aquilino Iglesia Alvariño, que Cunqueiro y Paco del Riego me recomendaron. «Ai, Petöfi, doce poeta dos menceres coma espadas!//Ai, Petöfi, Petöfi, doce poeta dos adioses para sempre!//Cómo revoábanas capas dos cosacos en Sesgovar».