10 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

La derecha francesa aprendió la lección en las pasadas elecciones presidenciales: la clave para ganar en las legislativas estaba en comparecer como tal, sin disfrazarse con falsos ropajes, sin camuflarse. Sólo tenía que desplegar las velas y recoger el viento a favor generado por la inmensa oleada de apoyo (dinámica de triunfo) que recibió Jacques Chirac cuando se vio solo ante el ogro ultraderechista Jean-Marie Le Pen. La izquierda, en cambio, parece seguir sin encontrar la unión necesaria y el programa común para recibir un respaldo mayoritario. No obstante, funcionó la teoría del voto útil a favor del Partido Socialista, con el consiguiente descalabro de sus vecinos ideológicos, sobre todo de los comunistas, que están en camino de no poder formar grupo parlamentario por primera vez desde la II Guerra Mundial. Sin embargo, el verdadero quid de la cuestión estaba en los resultados de los ultraderechistas. ¿Podían dar otra campanada? ¿Otro sobresalto? No ha sido así y el Frente Nacional se ha convertido en el gran perdedor. A falta de la segunda vuelta, Chirac ya sueña tranquilo con el final de la cohabitación. Es decir, con todo el poder.