17 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Hay que reconocer el hecho paradójico de que el ultra Jean-Marie Le Pen les ha hecho un gran favor a los principales partidos de su país al obligarlos a hablar de lo que verdaderamente preocupa a los franceses: la inmigración y la seguridad (la ciudadana o de orden público y también la laboral). Este ha sido su triunfo dentro de su inapelable derrota. Él consiguió imponer el temario, pero luego no pudo superar las oposiciones. Tanto la derecha de Chirac y su Unión por la Mayoría Presidencial, que han arrasado en esta cita, como la izquierda socialista han tomado nota de que éstos son los asuntos espinosos que no se pueden soslayar por más tiempo. No cabe continuar con un discurso de sutilezas, equívocos, demoras, indefiniciones, futuribles y buenas intenciones, que pueden empedrar el infierno de un alto riesgo para la democracia. El Partido Comunista y la extrema izquierda no han entendido de qué iba la cosa y lo han pagado. Todavía creen que está el horno para recalentar bollos de la guerra fría. Pero la realidad es que estos bollos se han vuelto ya chuscos endurecidos e intragables. El PCF se ha salvado de milagro de irse con Le Pen al frío subsuelo extraparlamentario.