El rechazo al Tribunal Penal Internacional, como antes hicieran con el Protocolo de Kioto, la ignorancia de las obligaciones contraídas en el Tratado de No Proliferación Nuclear, o las restricciones impuestas a las importaciones siderúrgicas, son otras tantas decisiones que ilustran el desprecio de EE UU hacia la comunidad internacional, y no dejan lugar a dudas acerca de la vocación unilateralista que anima la política de la hiperpotencia norteamericana. Proclamando la superioridad de sus valores, en una actitud próxima a la reivindicación de la verdad excluyente, más propia del fundamentalismo religioso que de la vocación universalista de los valores laicos de la Ilustración, EEUU está decidido a moldear el futuro del planeta en función de sus exclusivos intereses. ¿Qué ha sido de la retórica defensa de los derechos humanos y de la democracia, que por otra parte nunca fue obstáculo para que EE UU promovieran y respaldaran a las más inicuas dictaduras, cuando sus intereses lo demandaban? El mensaje que hoy se emite alto y claro desde Washington es bien diferente. Lo primero es el interés de los EE UU. Todo lo demás, la democracia, los derechos humanos, la paz mundial o los propios intereses de los aliados, sólo será contemplado si es compatible con aquel principio y se subordina al mismo. La propia sociedad norteamericana no debería sentirse a salvo de semejante peligro, como demuestran las restricciones al ejercicio de sus derechos constitucionales y la expansión de un nuevo macartismo, que el presidente Bush y su ultraconservador fiscal general Ashcroft no tienen rubor en proclamar. Pero conscientes de que un nuevo orden mundial basado en semejante vocación de dominación sólo puede imponerse por la fuerza, EE UU están dispuestos a exhibir ante el mundo tanto la fuerza e invulnerabilidad de sus ejércitos como la voluntad política de utilizarlos. Pregunta incómoda Ante esta situación, los europeos no podemos dejar de hacernos una incómoda pregunta: ¿aspira la Unión Europea a ser una potencia independiente de EE UU, o simplemente una potencia políticamente subordinada a Washington? No es concebible otra respuesta, desde el punto de vista democrático y europeísta, que la que considera que la Unión debe y puede ser una potencia autónoma de EE UU. Bastaría leer el último libro de Henry Kissinger para tomar plena conciencia de ello. En su obra el ex secretario de Estado norteamericano reconoce, con gran preocupación, que el margen de maniobra de EE UU, tanto económico como político, se reduce ostensiblemente cuando la UE actúa coordinadamente en vez de hacerlo en forma dispersa. La Unión Europea tiene el territorio, la población, la fuerza económica, tecnológica y cultural para aspirar a ser una gran potencia autónoma en la política mundial. Falta únicamente la voluntad política para transformarla en un sujeto político global, que le permita jugar un papel protagonista, frente al unilateralismo norteamericano, en la construcción de un orden mundial justo y democrático. En esta encrucijada histórica, las democracias que constituimos la Unión Europea tenemos la obligación moral de alzar nuestra voz para que ésta se escuche con nitidez en Washington y en el mundo. De lo contrario, cuando en el futuro tengamos que rendir cuentas, serán muchos los que señalándonos con el dedo repitan la sentencia de Tácito: extendieron la desolación y la llamaron paz.