ARAFAT Y LA AUTORIDAD PALESTINA

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

10 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Puede que Arafat gane las elecciones del año que viene, y puede que no. Sentadas las posibilidades de su triunfo y de su fracaso, puede que siga vivo en cualquiera de ellas y puede que, en una u otra, le retuerza el cuello cualquiera de las extrañas manos que mecen la cuna de la Autoridad Palestina. Hoy por hoy, Palestina es una singular desarticulación geopolítica constituida por ocho zonas, 220 enclaves y 120 puntos de control: un mapa de pasillos entre bolsas de poblaciones que hacen lo que pueden por buscarse la vida. El orden no existe y no hay otro concierto que la música con que el ejército israelí responde a las actuaciones de los solistas suicidas del terrorismo islámico. Es un panorama cuyos interrogantes no tienen tanto que ver con el futuro de Arafat como con el paradero de la Autoridad Palestina. Los municipios palestinos ya no resuelven los problemas de los salvoconductos con los funcionarios de la Autoridad Palestina, sino con los militares israelíes. Esa opción entraña, para los funcionarios menospreciados, una forma de colaboracionismo que debería ser investigada por los Servicios de Inteligencia palestinos y resuelta por la policía. Pero ahí comienza la otra parte de la cuestión, porque tanto la policía como los espías palestinos están a otras labores. El jefe la Seguridad Preventiva de Gaza, Mohamed Dahlan, dimitió hace quince días por su desacuerdo con Arafat, un desacuerdo tan histórico como su hábito de mirar para otro lado cuando la Yihad Islámica actúa ante sus narices. En noviembre de 2001 rehusó acatar una orden de Arafat a la que calificó de ilegal. La orden exigía el arresto de unos militantes de la Yihad y del Frente opular de Palestina. Su colega para la Seguridad Preventiva en Cisjordania, coronel Yibril Rayub, sobre quien recaen no pocas sospechas de haber conspirado contra Arafat, no quiso adelantar acontecimientos con su dimisión, porque tenía otros planes. Éstos se hicieron evidentes en cuanto le llegó la noticia de su cese, y han cristalizado en la rebelión de las fuerzas policiales ante el nombramiento de su sustituto, Zuhair Manasra. El número de policías rebeldes oscila entre los cuatro y los seis mil, y puede llegar a los treinta mil si la sedición se extiende a los treinta mil que constituyen las fuerzas de seguridad en Gaza y Cisjordania. Mientras tanto, los servicios del Ministerio de Asuntos Sociales, sobradamente acusado de corrupción, están siendo desempeñados por las agencias humanitarias de Hamas. Son conflictos en los que, a veces, se recurre a los servicios de inteligencia, pero estos también están enfrentados con Arafat desde que este decidiera la sustitución del general Tawfiq Tirawi, segundo en la dirección de la Inteligencia palestina. Así las cosas, el carisma de Arafat se vacía mientras crece la conciencia palestina de ser un país fragmentado y bajo el fluctuante control de unas organizaciones terroristas y unas estructuras administrativas cuyos jefes están más cerca de ser unos señores de la guerra que unos funcionarios eficientes. Donde quiera que Arafat pone los ojos en busca de quien le saque las castañas del fuego, se encuentra con la mirada de alguien dispuesto a buscarle las cosquillas. Y eso es tan así que el único dispuesto a apoyarlo frente a tantos reveses, no es palestino sino egipcio, se llama Omar Soleiman, es general y dirige los Servicios Secretos de Egipto.