Suiza se convertirá en el miembro número 190 de la ONU muy pronto, quizá el próximo 10 de septiembre, día de la ceremonia de apertura de la Asamblea General. Con ello habrán terminado casi 200 años de estricta neutralidad de un país que acaba de presentar oficialmente su demanda de adhesión, después de que la población así lo aprobase en un referéndum celebrado en marzo, con un 54,6% de votos a favor. ¿Qué ha cambiado desde que hace ocho años votaron en contra de esa misma adhesión las tres cuartas partes de los electores? Sin duda, la percepción del aislamiento. Rodeada de tierra por todas partes, Suiza empezaba a convertirse en una isla cuya neutralidad rozaba la insignificancia y el anacronismo. Por otra parte, era el único Estado, con el Vaticano, que no formaba parte de la ONU. Dicho en otras palabras, era conceptualmente una antigualla. La iniciativa es muy satisfactoria y representativa. Como subrayó Kofi Annan, «Suiza es el ejemplo mismo de los principios de la ONU: una sociedad tolerante, multicultural y pacifista basada en valores democráticos». Ciertamente, no podía ni debía seguir fuera de la organización que nos representa como voluntad colectiva de entendimiento.