ES MUY DIFÍCIL aproximarnos a los sentimientos de los familiares de Silvia Martínez y de Cecilio Gallego, tras el atentado de Santa Pola. Muchos teníamos amigos que ya no están con nosotros. Recuerdo, ahora, a Juan Mari Jáuregui, antiguo compañero en el PCE, ex-gobernador de Guipúzcoa nombrado por Juan Alberto Belloch, partidario del diálogo, y sin cuyo testimonio hubiera sido imposible castigar a los responsables de los asesinatos de Lasa y Zabala. La viuda de Juan Mari, Maixabel Lasa, me decía que una sensación de vértigo, un inmenso vacío interno la había atenazado al conocer la noticia. Jamás podrán los criminales de ETA comprender el dolor que causan y la ira que desencadenan. Tras las primeras noticias sobre las consecuencias del coche bomba muchos nos preguntamos ¿por qué? Teníamos la esperanza de que fuera cierto que los cinco meses sin víctimas mortales significaban una tenue esperanza para evitar el otro vértigo, el político. Pero no ha sido así. Bastaron las alusiones a la existencia de una «tregua no declarada» para que ETA se haya encargado de desmentirla al no advertir de la colocación del coche bomba. Algunos no comprenden que el PNV es el principal adversario político de ETA. Saben que en el PNV existe una profunda división y que Arzalluz representa un equilibrio interno que desean romper. El PNV está atrapado entre la violencia de ETA y el choque frontal con Aznar, lo que, en mi opinión, es una mala noticia para el resto de España. El atentado de Santa Pola reduce el estrecho margen de maniobra de los nacionalistas y precipita en un mar de contradicciones a las demás fuerzas políticas. Obliga al Gobierno a adentrarse en la peligrosa tarea de ilegalizar a Batasuna, de lo contrario significaría que se arrugan , y sitúa al PSOE en la estela del PP y del Gobierno. De rebote, envía una señal a los que en Batasuna dudan de la obediencia debida a la «autoridad militar competente», de que el horno no está para bollos. ETA quiere un «duelo al sol» con Aznar, y los que no le sigan que se atengan a las consecuencias. Ilegalizar a Batasuna dañará sin duda a ésta organización. Pero la marea de fondo que desencadenará en la sociedad vasca, especialmente entre los jóvenes, beneficiará a ETA. De nuevo se fortalecerá su presencia en el imaginario colectivo. Y el único camino posible, es, exactamente, el contrario. El día que ETA y Batasuna sean irrelevantes en términos políticos, desaparecerán por inanición, se desvanecerán. Ello requiere la combinación de medidas policiales y políticas, comenzando por reconocer que existe un conflicto político no resuelto para cuya solución necesitaremos interlocutores. Algún día necesitaremos a «nuestro» Gerry Adams.