ACABAMOS de conmemorar el 25 aniversario de la muerte de Elvis Presley cuando, ayer mismo, se nos echó encima el de Groucho Marx, el rey del humor absurdo, que se nos fue también hace un cuarto de siglo, después de haber constatado con su habitual sarcasmo que últimamente se estaba muriendo mucha gente que antes nunca lo había hecho. Su importancia radical estuvo, y aún está, en el acierto de su agudeza e ingenio al bombardear con implacable ironía las convenciones más engañosas y artificiales del siglo XX (el militarismo entre ellas). Su verbo afilado y corrosivo se empleó a fondo contra un racionalismo bastardo, cada vez más agónico y más incapaz de explicar nada, que fue literalmente horadado por el huracán imparable de su descocada verborrea. A Groucho le debemos muchos momentos agradables, que se repiten cada vez que volvemos a ver alguna de sus películas. Su humor sencillamente no envejece. Pero también le debemos algunos conocimientos profundos, como aquel de que la vida consiste en surgir de la nada para alcanzar las más altas cotas de la miseria. Algo que no cambia aunque uno acabe tan rico como él.