LA REPROBACIÓN y la náusea ante el crimen son respuestas normales en las sociedades civilizadas. Tal vez lo anormal sea su gradación en función de quién sufre una acción criminal como ha ocurrido con la reacción ante el asesinato de dos adolescentes inglesas, cuando venimos asistiendo diariamente a la muerte brutal de niños y jóvenes en acciones violentas en países donde anidan la miseria y la guerra. Fukuyama afirma que el viejo concepto de Occidente se ha quebrado por la diferente visión de la sociedad y del mundo que se da entre EEUU y Europa. No obstante, siguen siendo dos espacios sociales, económicos y políticos con muchas afinidades. Entre ellas, el ombliguismo. Esa sensación de que lo que no pasa aquí no tiene importancia o incluso, no existe: somos el centro del universo y el resto del mundo es mera periferia. Cuando George W. Bush definió su cruzada tras el 11 de septiembre como la lucha del bien contra el mal, respondía al mismo impulso pueril de pensar que sólo los países más desarrollados y de tradición judeo-cristina podemos estar en posesión de la verdad. Que somos el pueblo elegido y que un ciudadano americano, europeo o aliado, muerto en acción de guerra o asesinado, vale más que cientos de africanos, asiáticos o latinoamericanos desaparecidos en las mismas circunstancias. Es un fundamentalismo fanático e injustificable en pueblos con grandes avances culturales, científicos y técnicos, promovido por gobiernos que confunden su obligación de administrar con la perversa fascinación por manipular las emociones y las opiniones de los ciudadanos. Debemos resistirnos y cultivar nuestra libertad para discurrir y expresarnos o el pensamiento único hará que al primer mundo se le ponga cara de ombligo.