ARIEL SHARON ha puesto en marcha una dinámica de la violencia que, sin duda, recibiría el rechazo universal, de no contar con la contumaz complicidad de los terroristas suicidas palestinos. Paradójicamente, estos jóvenes fanatizados justifican con sus atentados la injustificable política militarista y devastadora de Sharon y logran el milagro de que el pueblo judío le dé a éste un apoyo mayoritario. Sin el terrorismo, Sharon estaría en una posición insostenible. Por eso busca la paz por la prolongación de la violencia, que tantos réditos le produce. No se trata de exonerar a los palestinos de su parte de culpa, que la tienen. Pero es necesario situar el incremento bélico actual en sus términos correctos. Sharon arrojó la primera piedra en un lugar en el que ya se habían arrojado demasiadas. Y la violencia se desató por ambas partes hasta convertirse en el argumento central del conflicto. Una violencia cuya peor consecuencia es el silencio de los muchos moderados que, por ambas partes, parecían dispuestos a construir un sólido y paulatino acercamiento. Los halcones se han impuesto y nadie sabe a qué nuevo absurdo nos llevarán. Porque su especialidad es la exacerbación del conflicto y la destrucción de los puentes que llevan al entendimiento.