Un año después

ANXO GUERREIRO

OPINIÓN

11 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

¿QUÉ HA OCURRIDO para que la enorme corriente de simpatía que el 11-S generó hacia EE. UU. se haya convertido, en el breve plazo de un año, en crítica, resistencia y desconfianza hacia Washington? Desgraciadamente no puede descartarse que, sometidos a una extraordinaria presión por parte de Estados Unidos, la mayoría de los países europeos acaben cometiendo el error de secundar la aventura guerrera, de imprevisibles consecuencias, que Bush se apresta a iniciar en Irak. Pero, afortunadamente, con las vergonzosas excepciones de Blair, Aznar y previsiblemente Berlusconi, las adhesiones, especialmente entre las opiniones públicas, ya no son espontáneas y, mucho menos, entusiastas. En los últimos doce meses EE. UU. ha roto, de hecho, su contrato con la comunidad y la legalidad internacional. Ignora o boicotea las decisiones multilaterales (desde el Protocolo de Kioto hasta la Corte Penal Internacional) y desprecia las instituciones internacionales, con la ONU a la cabeza, a las que EE. UU. no reconoce autoridad alguna, salvo cuando se subordinan a sus intereses nacionales. Hace tiempo que EE. UU. parece ser un estado protomundial y, aunque ya dispone de una capacidad de intervención e influencia universal que ningún país poseyó antes, parece dispuesto a erigirse en la cabeza de la versión moderna del imperio universal, al que sus miembros se adhieren incondicionalmente o corren el riesgo, cierto, de ser expulsados a las tinieblas exteriores. Tal proyecto de dominación ya existía antes del 11-S, pero el atentado contra las Torres Gemelas proporcionó la voluntad política necesaria para su realización. El discurso de Washington no deja lugar a dudas. Lo primero es el interés de Estados Unidos. Todo lo demás (la democracia, la paz mundial, los derechos humanos o los propios intereses de los aliados) sólo será contemplado si es compatible con aquel principio y se subordina al mismo. Por eso no se duda en recortar las libertades públicas, incluidas las de los ciudadanos norteamericanos. Por eso la información se ha transformado en grosera propaganda. Por eso los amigos están autorizados a pasar por el arco del triunfo la legalidad internacional. Por eso los dictadores sólo lo son si se trata de enemigos. Pero conscientes de que un orden mundial basado en semejante voluntad de dominación sólo puede imponerse por la fuerza, EE. UU. se dispone a mostrar al mundo tanto la potencia de sus ejércitos como la voluntad de utilizarlos. Por eso habrá guerra en Irak. Y después en otros lugares. Ante tal situación, la Unión Europea tiene que decidir, de una vez, que quiere ser cuando se haga mayor. En efecto, Europa tiene poco tiempo para elegir entre dos opciones. Ser una potencia autónoma en la política mundial, o quedar reducida a un simple poder político vicario subordinado a Washington. Si se deja arrastrar a la aventura belicista de Bush en Irak, el proyecto político europeo, y con él la posibilidad de un orden mundial democrático, a medio plazo, no tendrán futuro.