SUPERADO el mal trago del primer aniversario del 11-S, salta al primer plano de la actualidad el debate que pone a Irak en el objeto de la atención mundial. La guerra que iniciara Bush padre hace ya más de diez años quiere continuarla su hijo para rematar el objetivo: acabar con el régimen de Sadam Husein. Pero si aquella guerra fue una guerra de las que conocemos, ésta me parece que va a ser distinta por varios motivos: Irak no ha invadido ahora a ningún otro país; en cambio existen nuevos agresores que desencadenaron un ataque gravísimo a EE.UU. y han roto su seguridad nacional. Existen pruebas de que Irak dispone de armas de destrucción masiva. Es verdad que su régimen político debe ser rechazado por todo el mundo democrático. Pero también es verdad que Irak puede constituir una seria amenaza instalada en el corazón de Oriente Medio, con el recurso del petróleo en sus manos. Si se confirma que Sadam está a punto de convertirse en poder nuclear, es fundamental que le obliguen a cumplir la resolución 687 que le prohíbe disponer de uranio enriquecido para fabricar bombas nucleares. Por otro lado está la verdadera guerra del siglo XXI, la guerra al terrorismo internacional de Al Qaida. No se debiera confundir lo uno con lo otro, porque un ataque a Irak supondría un enfrentamiento con el mundo islámico, que pasaría a apoyar directa o indirectamente a las células de Bin Laden, como punta de lanza de la respuesta islámica a un ataque occidental. Entiendo que son dos conflictos paralelos, de igual gravedad, pero que no conviene hacerlos convergentes porque podrían dar lugar a un conflicto mayor de consecuencias insospechadas. Convertir las dos guerras en una supondría el enfrentamiento de todo el mundo islámico con Occidente y haría del mare nostrum un auténtico polvorín justo en el sur de Europa. El dilema es complejo. Estados Unidos tiene una guerra abierta desde hace tiempo en Oriente Medio y está ocupando bases militares en Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y Afganistán, en torno a las reservas del petróleo imprescindible para ellos pero también para nosotros. No voy a entrar en si es esta una guerra legal, preventiva o conveniente, porque tenga más o menos aliados. Lo que verdaderamente interesa es saber si el régimen de Sadam Husein constituye una amenaza real para el mundo occidental industrializado. Por otro lado, el hecho concreto es que el terrorismo de Al Qaida ha provocado al país más poderoso de la tierra y no sabemos quién está detrás. Pero lo que sí sabemos es que Irak está sometido a un embargo desde la guerra del Golfo y que los inspectores de la ONU fueron expulsados sin cumplir su misión de inspeccionar. Ahora, este organismo internacional quiere obligar a Sadam a que los reciba otra vez para inspeccionar sin condiciones. ¿Qué pasará si Sadam no acepta? En ese caso nos encontraríamos con que la guerra de los Bush también sería la nuestra.