PORTUGAL tiene pendiente el enlace por ferrocarril con el resto del continente pero el gobierno luso necesita reajustar su presupuesto de infraestructuras y ha recortado los proyectos del anterior equipo excepto la conexión Lisboa-Galicia. Es una apuesta estratégica que ha suscitado pocos comentarios en el otro lado de la raya, en ese norte que en alguna medida sigue siendo Galicia. La comunicación por autopista está permitiendo la aproximación frecuente y rápida entre las poblaciones de esta región europea que formamos la fachada más atlántica de Europa y si bien hoy es fácil y gratificante acercarse a cualquier rincón de Portugal, la joya por la que realmente vale la pena subirse al coche y dejarse caer hacia el sur, es su capital, la hermosa dama reclinada sobre el Tajo que deja la huella de su apoyo en un estuario único en el mundo. Por eso, en tanto nos llega el tren, váyanse acostumbrando a revisitar Lisboa, y a pasear por la Alfama, a recrearse con las vistas sobre el río desde el mirador de Santa Lucía. Desde allí evocarán el recuerdo de Doña Amalia que reposa en el panteón de portugueses ilustres y tal vez se decidan a deslizarse por la montaña rusa que hace el tranvía desde el castillo de San Jorge hasta barrio alto. No dejen de invitar a un café a la estatua de Pessoa sentado en la terraza de A Brasileira en la plaza de los poetas (Chiado, Garrett...) y disfruten del arte de algún cantante callejero que será su trovador particular y se arrancará por bossa-novas, por el nuevo reagge de Gilberto Gil, o tal vez por Carlos do Carmo. Luego dirijan su mirada hacia el norte y vuelvan a casa renovados, con la sensación de que vivimos en un lugar donde la periferia devino en centralidad.