LEÍA EN ESTE este mismo periódico una entrevista al escultor cambadés Paco Leiro. En ella, el periodista comentaba unas conocidas anécdotas que se utilizan frecuentemente -excesivamente a veces- para ridiculizar el arte contemporáneo. Una hacía referencia a la señora de la limpieza que barrió una obra de arte cuando limpió la sala para su inauguración, creyendo que eran restos de basura esparcidos por el suelo; la otra parodiaba aquella caja de embalaje que se colocó en otra exposición, creyendo que era la obra expuesta, cuando la escultura estaba en su interior. Recordé también aquella señora que al mostrarle su casa a unas amigas, les señaló un cuadro diciendo: «A mí ese bodegón me entusiasma». La otra señora calló; pero al salir le preguntó a la tercera del grupo: «Por cierto, ¿sabes tú quién era 'Bodegón'?, porque yo a ese pintor no le conocía». En contraste, tengo grabada la imagen de aquellas señoras, cubiertas con un pañuelo negro su cabeza y con un manto negro sus hombros, representando la imagen de nuestras queridas mulleriñas de aldea que, en un centro comarcal, atendieron durante cerca de una hora las explicaciones que un joven crítico de arte hacía sobre una exposición de arte contemporáneo, una muestra que combinaba lo abstracto con lo minimalista. Aquellas señoriñas, sin formación ni estudios, algo debían ser capaces de intuir, algo atrapaba su sensibilidad innata. Me vienen también a la memoria diversas fotografías reproducidas en publicaciones de fuera, que ensalzaban con cuidadas imágenes los hórreos pintados y coloreados de Bergantiños, las fachadas de azulejos y rombos de Fisterra, o las repintadas casas de pescadores. Muchos, por la edad, aún tenemos fresco en la memoria el rechazo de los arquitectos académicos por el historicismo o los neos del siglo XIX que enaltecen nuestros ensanches urbanos de la época, y que hoy son objeto -por los mismos arquitectos- de admiración y cuidada conservación. También, por razón del lugar, asistir al rechazo verbal de muchos compostelanos a elementos valorados por la crítica oficial y no comprendidos por el pueblo , como la pérgola de Juan XXIII -carente de originalidad por ser una copia, y disfuncional porque ni cubre ni recubre, dicen- o la ubicación del CGAI -por tapar el muro del Convento, piensan- o el duro tratamiento formal de un periférico inacabado o mal acabado, por no sé qué intereses económicos, y por no sé cuántas actuaciones más. Enlazando con esto, emerge en mis recuerdos recientes aquel concurso que hizo el Instituto Galego da Vivenda e Solo, para diseñar unos prototipos de viviendas rurales que recogieran las invariantes formales tradicionales, con el fin de dar más subvención a los proyectos que se ajustaran a esa reinterpretada formalización. La idea me pareció excelente, pero a los paisanos, aquellos diseños les parecieron extraños y feos. Preferían prescindir de las ventajas, y mantener sus ideas. Un divorcio entre el gusto académico, formalizado, tendencial, correcto de los arquitectos, y el del pueblo, tantas veces iconoclasta, pero casi siempre dotado de sensibilidad popular. Por eso me llamó la atención, la respuesta que Paco Leiro dio al respecto del feísmo , cuando dijo: «Siempre dentro del horror, hay cosas interesantes. Por ejemplo, ¡un hórreo forrado de aluminio!, una cosa bien interesante». Somos cada día más los que no estamos de acuerdo con el término feísmo para referirse sólo a la calidad visual de nuestro paisaje, que ha de ser y lo es por genética propia, dinámico, funcional y expresivo de una determinada combinación de técnica y cultura en un momento dado de tiempo. Es ese feísmo un reduccionismo superficial, valorando lo visible, lo aparente por encima de los problemas reales profundos; por eso siempre que escribí sobre el feísmo lo hice relativizando su significado formal y llevándolo a ámbitos causales -funcionales, culturales, económicos, psicosociales- más de fondo. Pero, he de convenir, a su favor, que el término en sí capta el interés del lector o del oyente, y eso no siempre es fácil, pero sabiendo que el problema no es cuestión sólo arquitectónica. Más aún, las restricciones arquitectónicas han de saber conjugar la norma con la utilidad y con la creatividad popular. La norma excesiva o llevada a ámbitos innecesarios, ahoga la libertad de creación. Cuál sea lo bello o lo feo, es otro tema que nos devuelve a las ideas iniciales. El paisaje, con todos sus componentes, es un espacio vivo, cambiante. Por eso también un paisaje feo puede ser interesante. Por eso, habiendo alcanzado la meta de lo formal, de lo arquitectónico, debemos seguir profundizando más allá del feísmo. Estamos ya en el post-feísmo.