CONOZCO a Debray y lo aprecio desde hace unos treinta años, exactamente desde el momento en que entró en la cárcel de Camiri. Antes lo había leído, y aquella su obra ¿Revolución en la revolución? fue biblia y libro rojo para muchos de nosotros, aunque ahora con la distancia pensemos que los interrogantes eran premonitorios. Lo conocí, digo, desde que lo detuvieron en Bolivia. Él había estado con Ernesto Guevara en las montañas -sin duda era el enlace entre el Che y Fidel-, y hubo quien lo culpó de haber provocado la caída del guerrillero argentino, cantando cuando lo sometieron a la tortura. Se basan estos maledicentes en algunas frases del Diario del Che en el que se vierten ciertas consideraciones sobre el joven francés que ciertamente no son muy halagüeñas. Y los más viles decían que el francesito le sería más útil a la revolución muerto que vivo. Mas hay que tener en cuenta la desorganización del movimiento guerrillero, la rigidez de Che Guevara y su imprudencia, que lo llevó a una ratonera sin salida. En esto es menor, pero significativo, que a un francés y revolucionario como Debray le pusiera el nombre clandestino de Dantón . Más transparente no podía ser, y si lo quisiera ocultar le haría llamar Gómez o Rodríguez. En aquel entonces yo estaba muy ligado a los movimientos progresistas de América Latina, en lo cual no he cambiado mucho, de modo que pronto me enteré de la situación de Régis. Aunque fuera reaccionario lo hubiera sabido igual, pues su madre, resistente contra el nazismo, burguesa de rompe y rasga y amiga del general De Gaulle, había lanzado una campaña para la liberación de su hijo. Yo escribí y hablé de su caso en los medios que tenía a mi alcance y Debray lo supo. Cuando vino a Francia quiso conocerme. Desde entonces somos amigos. Pero no se crean: él seguía tomando sus precauciones. Cierta vez me contó García Márquez que Régis le había preguntado qué pensaba de mí. Gabo lo hizo con su generosidad proverbial. Así informado, Régis me pasó unas colaboraciones que mantenía con la revista española Bazaar. Pasó el tiempo, con encuentros espaciados y cariñosa amistad. François Mitterrand lo nombró consejero de asuntos de América Latina. Me citó en el palacio del Elíseo, donde tenía una oficina. «Te apoyo, Ramón -me dijo-, para que te den el puesto de director de emisiones en español en Radio Francia Internacional». Se lo agradecí, pero le contesté que ya, tras una negativa, había tenido que aceptar. Allí estaba, Régis, con el presidente de Francia, su padre de entonces. Tímido, introvertido y provocador, siempre buscó una autoridad masculina que completara el peso y la personalidad excesiva de su madre, a la que por otra parte le unían fuertes lazos. Primero se cobijó bajo Fidel; luego, Ernesto Guevara; muerto éste se pegó a Salvador Allende; de él pasó a François Mitterrand (todo rubricado con libros) y ahora, al final, se remite a Dios padre. Junto con él se ha convertido Max Gallo, otro escritor socialista y famoso, amigo también, de quien hablaré otro día. No es extraño que se den conversiones para gozar de una protección suprema, sobre todo al final de la vida. Así se hicieron católicos Max Jacob y Paul Claudel, entre otros, y a cualquiera le puede pasar. Llega una edad en la que se está encima de la montaña y se atisba el abismo del otro lado. Suben entonces los miedos y las enseñanzas de la niñez. Si un fin he de tener, y lo tendré; si guardo sentido, tomaré mis precauciones, y aquí lo hago, como aquel personaje de Roger Martin du Gard, quien en su madurez tardía, pero aún clarividente, dejó constancia en su testamento de que siempre había sido ateo y librepensador; que no se tuviera en cuenta si en sus últimos momentos el pánico y la chochez lo hacían flaquear y retrotraían a los primeros años de su vida.