LA APLASTANTE victoria del izquierdista Luiz Inacio Lula da Silva en las elecciones brasileñas, no por esperada ha dejado de causar incertidumbre. Pese a la moderación de su discurso, pese a su manifiesto interés por acercarse a EE. UU., a Europa y a Japón, la comunidad internacional vive estas primeras horas de su victoria desde el escepticismo y la desconfianza. Lula sabe que no puede fallar. Y así lo ha reconocido. No puede fallarle a su país. Pero tampoco a la izquierda latinoamericana, que ve en él la esperanza de romper la tendencia de experiencias anteriores que acabaron en fracaso. Y, pese a ello, no lo tiene fácil. La décima economía del mundo, la brasileña, comenzó a recibirlo con rechazo tan pronto como supo de sus posibilidades de victoria. El nuevo presidente se enfrenta a un país con 54 millones de pobres que habitan las favelas, donde existen los mayores índices de violencia y desempleo, con una deuda externa de 260.000 millones de dólares y con una recesión económica mundial que es especialmente grave en la zona del Mercosur. Pero nada de ello parece amedrentar al nuevo presidente. El apoyo recibido lo convierte a los ojos de la comunidad internacional en el faro de un experimento que no puede naufragar. Si hasta ahora todos los gobiernos izquierdistas de América Latina no hicieron más que empobrecer a sus países, Lula tiene la obligación de liderar un nuevo modelo para la región. Su fracaso será utilizado por quienes lo desean, como la prueba evidente de que los gobiernos de izquierda sólo son capaces de conducir al caos y a la inestabilidad política, social y económica. Lula es hoy una esperanza para miles de millones de ciudadanos de todo el mundo. Sobre todo para los que sobreviven inmersos en la pobreza. Por eso tiene que ser capaz de responder a las enormes expectativas que ha creado.