28 oct 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

TODAVÍA no se me ha borrado de la retina la imagen de Woody Allen rodeado de gigantes en la reciente entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Cada vez que pude verlo (en fotos de prensa o en espacios televisivos) siempre me pareció que estaba interpretando una escena de una de sus comedias. Su capacidad de inducción a la parodia y a la fantasía es tal que incluso los demás personajes se me figuraron también actores haciendo su papel en una ficción. Nunca me había pasado nada igual con estos Premios señeros, cada vez más reconocidos y más internacionales. Recuérdenlo conmigo. De repente Woody Allen habló y dijo: «No merezco este premio, pero tengo diabetes y tampoco la merezco». ¿Cómo evitar la sensación de estar oyéndole en uno de sus filmes? Para colmo, yo acababa de ver la última: Un final made in Hollywood , donde despelleja sin piedad el sistema creativo-tecnológico de la meca de un cine que ya no es arte. Lo que dijo en Oviedo podría figurar como digno colofón de esta película, sin cambiar el marco ni el guiño especial para los españoles: «Se gasta tanto dinero en publicitar durante un fin de semana una sola película como el que gastó Buñuel para filmar toda su obra». Cierto. Gracias, Woody.