LA EXPOSICIÓN sobre el exilio republicano ha sacado a Alfonso Guerra de la relegación dictada por el canibalismo de nuestra clase política. Acaso sea llegada la hora de celebrar su singularidad y aportación. Cuando los ideales son sublimes pocos de los que los sirven están a su altura. El ex-segundo del PSOE se cuenta entre los escogidos que han sabido arrimar al cielo de la utopía la acción transformadora sobre el terreno inculto. Con cabeza ilustrada y dotes innatas para el oficio, quiso interpretar la política cual cumple hacerlo desde la izquierda civilizada: como el momento activo de la benevolencia. Intelectual y resolutivo, rara y dichosa conjunción. Por su valía y por ser un referente del socialismo democrático se ganó la enemiga de la derecha empedernida, a la que fustigó con ingenio y pimienta su zafiedad. Y también la de ciertos sectores de su partido cuya flojera ideológica encontraba en su fidelidad a la organización y a las esencias una valla mala de saltar. Entre todos, lograron apartarlo de la cocina. Pero a diferencia de los vacíos cuando pierden el poder, el eclipse del personaje ha descubierto la casta y la nobleza de la persona. Desvelada por la experiencia de la soledad, sale la versión original de un Guerra entrañable y cercano: la memoria sosegada, el entendimiento compasivo y la voluntad presta a proyectos solidarios. Cuando habla de rosas y espinas suena auténtico, jardinero que no dejó que el invierno le quemara las macetas del alma. Los socialistas carrozones deben felicitarse de que uno de los dirigentes que más se ha empeñado en que los españoles pasaran de súbditos a ciudadanos sea un compañero de filas. Y los más jóvenes de que siga bregando desde la barrera con la misma gallardía que lució en el albero.