RECUERDO un día, en Alemania, cuando se leían las conclusiones de un congreso internacional, los puntos en los que el relator insistía al intentar precisar «las amenazas» del siglo XXI. Eran -según su opinión- las tres siguientes: la crisis medioambiental, los fanatismos religiosos y los movimientos nacionalistas. No sé si tendría o no razón -al menos alguna matización parecería necesaria-, pero lo cierto es que el calentamiento terrestre y los agujeros de ozono, los movimientos de grupos fanáticos islámicos y otros y el terrorismo asociado a diversos movimientos nacionalistas -y otros-, constituyen preocupaciones constantes de muchos colectivos, de muchos medios de comunicación y de muchas personas. Si a estos tres añadimos el creciente aumento de la diferencia entre los países ricos -muy pocos del total- y los países pobres -muchos miserables- y los problemas étnicos, culturales y religiosos vinculados a las grandes corrientes inmigratorias mundiales -asociadas al punto anterior-, tenemos un panorama más completo. Pero tal vez aún podríamos añadir algunas notas más. El fracaso de la globalización como modelo socioeconómico y no sólo económico. ¿Quién sostiene ahora que el incremento del PIB provocado por la globalización terminaría por generar un aumento de las oportunidades para las regiones más pobres?; la ausencia de un diálogo ético entre la ciencia, la tecnología y la dignidad del ser humano; la materialización creciente de los valores sociales y personales conducente a una mentalidad capitalista e individualista, en definitiva egoísta y antisolidaria; el terrorismo internacional como nueva estrategia de confrontación bélica; y una larga lista -cuanto mas larga peor- de problemas. No me gusta ser catastrofista. No lo soy de hecho; pero me alerta comprobar que al percibir este panorama no logro entrever antídotos válidos. Evidentemente, hay cosas: los movimientos antiglobalización, las ONG, la filosofía verde, los códigos morales de algunas confesiones religiosas, pero -a mi modo de ver- no dejan de ser cosas sueltas y a menudo radicales. Hoy la sociedad y el poder, acunados por un conformismo interesado, carece de antídoto filosófico, ético, social. Hoy más que nunca el mundo reclama, aunque sea en lo más profundo de la conciencia, otro modo de entender las cosas. Hace falta una Viagra mental. Porque también en esto las respuestas individuales son importantes.