SOSTIENE Pascual Maragall que el avance de José Luis Rodíguez Zapatero corre parejo al auge del federalismo, Javier Rojo anuncia su deseo de crear un Gobierno de concentración con el PNV en el País Vasco -vieja idea de José María Benegas y de Ramón Jáuregui-, y José Blanco reprocha a Jaime Mayor que no sepa hablar de otro tema que no sea el País Vasco, mientras le tilda de autoritario. Trinidad Jiménez, que no asistió al acto de homenaje a los concejales socialistas y populares celebrado en San Sebastián -y que tuvo como protagonista destacada a Ana Urchueguia, alcaldesa socialista de Lasarte (Guipúzcoa)-, no tiene empacho en fotografiarse semanas después junto a la corajuda edil socialista en un acto celebrado en Madrid sin la presencia de los populares. No hay duda, los socialistas cabalgan a horcajadas de un caballo esquizofrénico: por un lado un discurso formal, de apoyo al Gobierno de España en materia antiterrorista; por otro, un amplio catálogo de guiños a los nacionalistas -especialmente, al vasco y al catalán- que permitan aislar al Ejecutivo de Aznar y a la vez faciliten el establecimiento de vínculos y complicidades que, llegado el caso, les puedan facilitar apoyos que les permitan gobernar. Poco importa que Homo antecesor Arzalluz haya dicho, por tierra, mar y aire, que su tribu se tuvo que tapar la nariz, los ojos, y los oídos para gobernar con los socialistas; poco importa que el gran timonel no haya perdido ocasión de zaherir a los socialistas echándoles en cara su espíritu boy scout , siempre listos, para acudir al regazo nacionalista en cuanto el amo chasca los dedos en demanda de apoyos. Poco importa la necesidad de que exista un mínimo patriotismo de partido, o de dignidad política; en el socialismo siempre habrá un sector que, cual amante enganchada a pesar del reiterado rechazo, estará dispuesto a acudir las veces que haga falta en demanda de auxilio al señorito nacionalista. Sabido es que si uno nunca dice no, sus síes no tienen el menor valor. Por eso no deja de sorprender -y, al menos en mi caso, de doler-, que algunos socialistas estén siempre disponibles, con la luz verde permanentemente encendida en la capilla del taxi, para sacar del atolladero a un partido, digámoslo de una vez, que es profundamente reaccionario, militantemente xenófobo y vocacionalmente clasista y rancio. Exacto, Javier Pérez Royo, evidencia bípeda y empírica de que se puede ser catedrático y torpe a la vez, reconocía hace unos días que algo estaban haciendo mal (los nacionalistas que se llaman socialistas) cuando una persona tan cuajada éticamente, de conducta tan irreprochable como Agustín Ibarrola -encarcelado por Franco, amenazado por el terrorismo, despreciado por el nacionalismo que comprende al terrorismo, escoltado hoy por la policía-, le ponía cara de reproche cuando se cruzaba con él en la boda de un amigo común, Roberto Lertxundi, en un lujoso hotel de San Sebastián. No sé qué más tiene que pasar para que un sector del socialismo español se caiga del guindo y compruebe que es preferible acertar con aquéllos con los que fatalmente se coincide en funerales y sufrimientos, antes que seguir equivocándose, o preparando los caminos del error futuro, con nacionalistas que han demostrado cruel indiferencia ante su dolor -como subraya el propio Javier Rojo-, que son omnicomprensivos con las delirios de los que les matan, y que llevan cosido a la chaqueta un proyecto también delirante, además de xenófobo y reaccionario.