ERA una apacible tarde primaveral. Llovía. El tiempo de espera se prolongaba indefinidamente, se volvía eterno. Me levanté y fui hacia el viejo reloj de pie, para ver si se había parado. Más allá de la galería, el silencio del campo humedecido y muermo me exasperaba. En la esfera del viejo reloj leí: Fabricado en A Cruña... y añadía la fecha que no recuerdo con exactitud. Era un reloj de principios de siglo, cuando la ciudad de la esfera alcanzó su cenit cultural, librepensador y su mayor refinamiento social. La Coruña burguesa e innovadora. A Cruña del reloj. Este pensamiento me distrajo un poco del tedio de la espera, pero de nuevo -tras esa evocación ideal- volví a sumirme en la pasividad en aquella galería pacega. Comparé la hora del reloj con la del mío, y comprobé que el reloj estaba atrasado. El reloj de A Cruña , con retraso. Hoy no llueve, pero la niebla lo cubre todo; hoy no estoy en una galería ni veo el campo; me asomo a una ventana y miro hacia la ciudad. Hoy el letargo de la tarde me parece sublime. Me relaja. Y el pensamiento huye: ¡cuántos nombres tuvo mi ciudad! A Cruña, La Coruña, A Coruña, La Corogne, Corunna, A Corunha... ¡A cuántos idiomas se tradujo el nombre de su puerto! Pero de nuevo el reloj del tiempo me recuerda el retraso. El retraso en la peatonalización del centro; el retraso en la rehabilitación de la zona histórica; el retraso en la containeirización del puerto; el retraso en la evolución del movimiento en la lonja pesquera; el retraso en la construcción del frente urbano a lo largo del paseo marítimo; el retraso en la promoción exterior de la ciudad; el retraso en la superación del localismo; el retraso de pensar que la ciudad se acaba donde termina el municipio; el retraso de los accesos; el retraso con que se avanza hacia la ciudad del siglo XXI. Retrasos y retrocesos que se ven y se anuncian, amenazas ciertas de futuro: los rascacielos en Riazor, la amenaza estética a la plaza de María Pita, la amenaza de más rascacielos en Labañou que habrán de ocultar la ciudad desde los miradores de San Pedro y Penamoa, adelantados entre la urbe y el océano. Retrasos que se constatan y retrocesos que se avecinan me hacen languidecer de nuevo en la apatía, sumirme en el sopor de la tarde húmeda y oscura. Me falta la luz de la ciudad, no veo la luz del faro, ni veo las luces de los barcos. Entre brumas vuelvo a ver la esfera -desde aquí lejana- del viejo reloj. Tal vez si hiciera sol todo me parecería distinto. ¡Menos mal que nos queda el Dépor! ¿Dónde aquella ciudad culta, liberal, comprometida, innovadora, galleguista y progresista? Era A Cruña , la ciudad del reloj, una ciudad avanzada, creativa, moderna en el mejor sentido de la palabra. Y el reloj, aunque con retraso, sigue funcionando. Si por un mal entendido progreso, casi siempre reducido al sector inmobiliario, la ciudad llegara a perder su identidad histórica, su pasado culto, ¿de qué nos serviría el futuro? Y la memoria culta de una ciudad, como la de los hombres, también puede deteriorarse. Aunque el reloj seguirá marcando el tiempo, aunque sea con retraso.