¿CÓMO HABLARÉ de algo que desconozco? El éxito era, para mí, escribir bien y ser reconocido. Pero un poeta amigo al que yo admiro por su espiritualidad y el alejamiento mundanal, confiesa estar muy contento con su último libro porque se ha vendido muy bien. No porque sea tan bueno como los anteriores y renueve su reconocimiento literario sino, simplemente, porque ha tenido más compradores. Pero, ¿son los compradores lo mismo que los lectores? No me gusta esta idea terrible de la literatura como algo democrático, es decir, la equiparación del comprador con el votante y, por lo tanto, quien más ejemplares vende más votos obtiene y es el elegido. La literatura, a lo largo de la historia, se ha hecho de manera antidemocrática. No hacía falta vender o vender mucho, ni siquiera hacía falta un reconocimiento inmediato. El éxito era algo raro y escaso. ¿Sobrevivirán quienes hoy lo disfrutan? Pessoa, carcomido por estos pensamientos, comentó: «Lo importante es tener éxito, no tener condiciones para el éxito». ¿Cuántos -incluso el propio Pessoa- hemos tenido condiciones para el éxito y no lo alcanzaremos jamás? El lo alcanzó varias décadas después de muerto, pero eso ya no era éxito sino el reconocimiento del que no puede disfrutar el beneficiado, pues para tener éxito hay que estar vivo y saberlo, vivirlo y administrarlo, cultivarlo o dilapidarlo. Hay un cuento de Mark Twain que, lejos de ser divertido, es aterrador. Ejemplifica muy a las claras cuanto estoy diciendo. Un gran soldado, el capitán Stormfield, habiendo muerto heroicamente sube al cielo y pide conocer al más importante genio militar de todos los tiempos. Quizás pensó que, ante él, aparecerían Alejandro, Julio César o Napoleón, pero no fue así. Le presentaron a un sastre del condado de Sussex. El capitán quedó estupefacto y le inquirió a sus interlocutores por las hazañas que había llevado a cabo semejante personaje para eclipsar las de tantos otros generales. Alguien le respondió que era el mayor genio militar del mundo, más nadie se había dado cuenta de ello, «pues habiendo nacido en hora inadecuada, no tuvo ocasión de demostrar sus incomparables cualidades bélicas». ¿Cuántos hemos nacido en hora inadecuada? León Tolstoi reflexionó sobre este asunto en los Diarios , escritos entre los años 1847 y 1894. Para él había dos tipos de felicidad: la de los hombres virtuosos y la de los vanidosos. La primera tenía su origen en la virtud, la segunda en el destino. ¿No pertenece el éxito a esta última? «La vanidad es una pasión incomprensible, uno de esos males parecidos a las epidemias con los que la providencia castiga a los hombres». Y añade: «Debo acostumbrarme a que nadie nunca me comprenderá. Este es, seguramente, el destino común de la gente demasiado difícil». El éxito es ser alguien, el fracaso es ser nadie o nada. Pero el fracaso es más que el no tener éxito. El fracaso es la otra cara activa del éxito, mientras que el no tenerlo es no ser nadie. Montaigne señaló al éxito como algo perjudicial: «Cuan propicio el que un escritor no tenga que vender libros, preocuparse por las críticas y mantener al público a favor de su imagen». ¿Quién procura el éxito? Los lectores, los compradores, los votantes, los críticos... El autor y la obra literaria avanzan, como en el poema de Alfred Tennyson, en medio de una batalla: «Cañones a su derecha,/ cañones a su izquierda,/ cañones frente a ellos/ descargaron y tronaron;/ embestidos por balas y obuses/ cabalgando con bravura, en las fauces de la muerte...». El autor inglés tiene otro clasificador poema titulado Poetas y críticos : «Al final se sabrá qué es verdadero:/ pocos al principio verán tu sitio;/ unos querrán que brilles bajo,/ otros muy alto -no es culpa tuya-/ ¡ve a lo tuyo y crea a tu gusto!/ Un año va al talón de otro año,/más rara vez llega el poeta,/ y más raro es el crítico».