13 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

RECIBO, en estas semanas, testimonios de rabia, impotencia y en cierto modo, condolencias de amigos, vecinos, taxistas y multitud de personas anónimas que conocen mi condición de gallego militante, o que se sienten involucrados en la denuncia de una situación dramática, únicamente porque mi acento galaico me delata. Es la hora de dar las gracias en la desgracia, de mostrar toda la gratitud que desborda el espacio de esta colaboración, a quienes de forma unánime se han sentido solidarios con un pueblo que sufre de manera singular la catástrofe de las sucesivas mareas negras que ha provocado el hundimiento del petrolero Prestige . Me gustaría poder enviar un abrazo de papel a todos y cada uno de los muchachos y muchachas, y a los menos jóvenes, que han elegido nuestras costas para ponerse palas a la obra, a limpiar el chapapote de la incompetencia política. Porque la solidaridad no es demasiado compatible con el anonimato y cada uno de los voluntarios son personas sensibilizadas con el respeto que el medio ambiente se merece. Por esa razón cuando el presidente del Gobierno de España se refiere a los afectados a los que va a subsidiar -¿no han sido 30 euros la cantidad que cobró Judas por Jesús?- se olvida de que los afectados por el vertido del Prestige somos todos. Todos los españoles sin excepción que hemos asistido al espectáculo de la agresión brutal de nuestras costas y al consiguiente espectáculo bufo, por utilizar un objetivo benévolo, de los desacuerdos y las chapuzas públicas de quienes están al servicio de los contribuyentes. Agradecemos la caridad del ropero de los pobres, y el pan de los mendigos de los viernes, pero no es el caso. Si algo demandamos es justicia y el final de un mamoneo sin límites. Somos muchos los gallegos que sentimos vergüenza de espectáculos televisivos que más se parecen a los festivales de Navidad de doña Carmen Polo o a las jornadas festivas de La Granja que a un gesto de solidaridad de la televisión pública que mejor está para que los ventrílocuos venidos a más o los Pedro Ruiz de turno silencien el protagonismo del juanpardismo todavía imperante. Este artículo estaba pensado y está, para rendir homenaje a las personas que han arrimado su hombro, a todos los que se sintieron gallegos por unos días, a los que estuvieron desconcertados con actitudes públicas incomprensibles, a quienes comienzan a dudar de los silencios cómplices y de las complicidades políticas, a los jóvenes que han doblado el espinazo para cribar la arena y defender el paisaje con palas y rastrillos, a los que al contrario de Lampedusa, están seguros de que lo nuevo comienza a nacer. A todos ellos, gracias.