Todos somos culpables

| CÉSAR ANTONIO MOLINA |

OPINIÓN

VIVIR SIN SER VISTO

14 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

«THERE WAS a ship, there was a ship, said he» (Había una nave, había una nave, dijo). Y el marinero condenado a errar y a contar por donde fuere su historia, añade que el barco estaba rodeado por témpanos de hielo, luego apareció un albatros que se hizo amigo de los marineros, y el narrador confiesa atormentado: «With my cross -bow I shot the Albatross» (Con mi ballesta maté al albatros). ¿Cuántos hemos asesinado desde que Coleridge escribió este poema hace casi doscientos años? «Death in life», escribe en otro verso, la muerte en la vida es lo que han estado sembrando estos leviatanes cuyos nombres son Polycommander, Andros Patria, Erkowit, Urquiola, Cason, Mar Egeo y ahora Prestige . Han arrojado la oscuridad sobre la luz de los blancos arenales, de las dunas, de las piedras, de las branquias, de los plumones; han proclamado la noche sobre el amanecer. Se ha hablado mucho de los efectos materiales del desastre, pero el mar para Galicia es también algo más: un templo, un paisaje del alma, un espacio mítico, legendario, conformador de su esencia antropológica e histórica. Estas mareas negras también corren por nuestras venas y ennegrecen nuestra memoria del ser. También hoy nuestra alma es negra, una mancha de alquitrán, una mota oscura, infamante, impura, pesada como un ancla que impide partir a la imaginación. Shakespeare dijo que el arte era un espejo frente a la naturaleza. Y todas las maravillosas imágenes poéticas que hemos obtenido de ella lo eran para explicar cuanto había en nuestro interior. El mundo exterior es el campo de nuestra encarnación existencial. Novalis lo explicó muy bien: «El lugar donde reposa el alma es el eje donde confluyen los mundos interior y exterior». El mar a Galicia no sólo le alimenta el cuerpo sino y, sobre todo, le armoniza su mente y su corazón. El mar junto con la piedra y el bosque son la esencia mítica de nuestro imaginario, los lugares sagrados por excelencia. Pero, ¿dónde están los lugares sagrados hoy en día?, le preguntaron a Joseph Campbell: «No existen. Sólo quedan unos pocos centros históricos donde la gente puede ir a pensar en algo importante que pasó allí. Pero toda tierra es santa. Uno debería encontrar el símbolo en el paisaje mismo de las energías de la vida allí presente. Es lo que hacen todas las antiguas tradiciones. Santifican su paisaje». Todo el mar es sagrado y las mareas negras lo profanan. El superhombre domina a la naturaleza arrasándola. «Ya estoy solo en el mundo, ya soy dios, ¿a quién puedo temer?», se pregunta rodeado de computadoras y cerebros electrónicos. Ha de temer a sí mismo y a su soledad cósmica. «Dios contra el hombre. El hombre contra Dios. El hombre contra la naturaleza. La naturaleza contra el hombre. La naturaleza contra Dios. Dios contra la naturaleza. Una religión muy rara», le escuchó decir el autor de Las máscaras de Dios a un viejo filósofo zen, el doctor Suzuki. Pero, ¿acaso existe Dios, y la naturaleza? ¿No combate ahora solo el hombre contra sí mismo? Hay culpables políticos y materiales, pero también todos nosotros lo somos espiritualmente por ser cómplices en la destrucción de los mitos y los sueños, por convertir el planeta del Génesis en un lugar genocida. «La actual es una civilización en la que deshonramos los principales emblemas de la poesía. En la que la serpiente, el león, el águila corresponden a la carpa del circo; el buey, el salmón y el jabalí, a la fábrica de conservas; el caballo de carreras y el lebrel, a las pistas de apuestas; y el bosquecillo sagrado, al aserradero. En la que la luna es menospreciada como un apagado satélite de la Tierra y en la que el dinero puede comprar casi todo menos la verdad y a casi todos menos al poeta poseído por la verdad», escribió, hace ya varias décadas, Robert Graves en La Diosa blanca . Por supuesto que hay culpables de esta catástrofe, de las pasadas y futuras; y sabemos sus nombres como los de los buques asesinos; pero también todos somos culpables. Culpables por dejar talar nuestros bosques, culpables por convertir los montes de petroglifos en canteras, culpables por dejar entrar a los mercaderes en el templo del mar. Y mientras esta culpa no la asumamos, una inmensa eternidad de mareas negras sobre las playas de nuestros corazones.