SI YO fuese político, me preguntaría qué hay que hacer en una sociedad desarrollada para conseguir una ilusión como la generada por Lula da Silva en Brasil. Y llegaría a esta conclusión: nada. No hay nada que hacer ni en la vieja Europa ni en la vieja España. El último vendedor de ilusiones ha sido Suárez. La última ilusión colectiva fue la creada por Felipe González. Con Aznar ya ha sido menor: era un vulgar relevo en el gobierno, con alguna dosis de limpieza pública. Hoy los gobiernos ni son tan malos que merezcan echarlos, ni surgen ideas reformistas que merezcan el clamor popular. En Galicia, por ejemplo, se grita contra el poder, pero no se proclama ningún recambio. Es que tenemos resuelto todo lo básico. Algunas libertades son regateadas, pero hemos dejado de ser idealistas. Algunos precios son insoportables, pero hemos dejado de soñar con el paraíso. Algunos comportamientos son indecentes, pero la historia nos enseñó que nadie es perfecto. Después de Alfonso Guerra, nadie se atreve a presentarse como «el partido de los pobres», porque hasta la derecha hace políticas sociales. Por eso miramos a Brasil con envidia: todavía puede vivir una ilusión colectiva. Con ternura: todavía mantiene virgen su capacidad de desencanto. Y con pena: allí, basta prometer desayuno, comida y cena para crear entusiasmo. Aquí estamos agotando incluso los conejos de la chistera. Aznar habla de política social para el año electoral de 2003, y lo máximo que llega a prometer es un estatuto del disminuido , una vez agotada la ubre fiscal. Terminaremos votando con la misma frialdad que se vota a un consejo de administración. El único político que ofrece algo distinto, aunque duela, es Ibarretxe. Y encima, como Lula, incorporó la palabra amor a su último mensaje. Yo no despreciaría tanto sus propuestas. Pueden ser ilegales. Y suicidas. Pero a quienes entusiasman, los entusiasman con pasión.